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Olmert carga el fusil

20060814064557-0000-tanque.jpgDomingo 13 de Agosto de 2006        El gabinete de guerra israelí decidió la escalada que lleva a la reocupación de todo el sur de Líbano. Los estrategas calculan que sacrificarán en este objetivo entre 100 y 500 soldados de Israel y matarán hasta 7 mil civiles. Frente al apoyo estadounidense a Israel, la diplomacia está completamente estancada.

 Gennaro Carotenuto desde Roma 

 Hoy, 11 de agosto, es el día 30 de la guerra más larga combatida por el Estado de Israel en su historia. Según su comandante en jefe, Ehud Olmert, deberá durar entre uno y dos meses más. Es el tiempo necesario para aniquilar al enemigo, repite el primer ministro que sustituyó Ariel Sharon a fines de 2005. Es lo mismo que dijo después de 48 horas, tres días, una semana, dos, tres. Es un Israel militarmente estancado el que anuncia la guerra total que podría estar desencadenándose en estas horas a menos que un improbable milagro diplomático lo impida. Imposible desde que en la tarde de ayer jueves, Amir Peretz, ministro de Defensa, laborista, fundador en otra época de la organización pacifista Paz Ahora, y que ahora empuja una masiva invasión por tierra y se perfila como el líder del partido de la guerra, ha declarado que “el alto el fuego sólo puede ser producto de los triunfos del ejército”.Por primera vez en la historia, los árabes empiezan a percibir que el ejército israelí no es invencible. Como sucede con las modernas guerras asimétricas donde el pueblo está de rehén entre los dos bandos, ya han muerto más de mil civiles libaneses y sin embargo la capacidad de fuego de Hizbollá sigue siendo impresionante. Han matado a más de cien israelíes, entre ellos, ayer jueves, a un niño de 5 años, Fathi Assadi, en la aldea drusa de Dir el Assad. Sin embargo con la invasión las cosas se complican. El día miércoles Olmert sacrificó al dios de la guerra 15 de sus mejores guerreros. Es un país chico Israel; en tanto la superioridad militar pueda ser demostrada con los F16 o bombardeando con la marina los barrios populares de Beirut, y sabiendo que la opinión publica israelí no ve y no quiere ver las destrucciones, la guerra parece sustentable. Pero 15 funerales de chicos jóvenes –13 eran de la reserva, llamados a hacer la guerra en un país extranjero lejos de sus trabajos, sus familias– es un precio alto. Todo el día jueves furiosos combates han barrido del mapa la aldea de Marj Ayoun, poblada mayoritariamente por cristianos y sin embargo decisiva en la carrera empezada por el ejército israelí hacia el río Litani, unos 30 quilómetros al norte de la frontera, donde pretenden establecer el límite de la nueva franja de ocupación o más al norte, involucrando todo el valle de la Bekaa y separando físicamente el sur del Líbano de Siria. En la tarde del jueves el ejército israelí anunciaba haberse retirado de Marj Ayoun. Según la televisión de Hizbollá, Al Manar –al cierre de esta edición la noticia está por confirmar–, habrían perdido otros 18 hombres.

 UN MES PERDIENDO EL RUMBO. Ehud Olmert tiene aún el apoyo de su pueblo. Según Haaretz, este miércoles el 93 por ciento de los israelíes sigue apoyando la “guerra justa”. Y la apoya el principal aliado de Israel: Estados Unidos. Sin embargo Olmert tiene delante un camino sembrado de incertidumbres y riesgos. Mirando atrás, la guerra hasta ahora ha sido un fracaso, el primero de una gloriosa historia militar, la del Tsahal, el ejército israelí. Los masivos bombardeos del sur de Líbano, en las primeras horas, tras la captura de dos soldados en pleno territorio israelí el 12 de julio, no han logrado una retirada de las milicias de Hizbollá que han intensificado el lanzamiento de misiles. Éstos han pasado de ser una peligrosa provocación a confirmarse como armas mortales capaces de hostigar la vida cotidiana de una ancha región del norte y del centro de Israel. Hasta ahora han sido alrededor de 3.350 los misiles que han logrado aterrorizar el territorio israelí. La extensión de los bombardeos terroristas a todo Líbano –aliado de Occidente y considerado ejemplo positivo de la exportación neoconservadora de la democracia– ha soldado al pueblo libanés como quizás nunca antes. Sunitas, chiitas, cristianos, filosirios y filoccidentales, laicos y fundamentalistas religiosos, se han compactado frente a la agresión israelí.En los días siguientes, las repetidas masacres de civiles han causado daños graves a la imagen de Israel y a la solidaridad de la cual gozaba en buena parte de la opinión pública internacional. El inicio de la invasión por tierra, con la bravura demostrada por los milicianos chiitas en Bintl Jbeil, ha transformado para las masas árabes al líder de esta organización, Hassan Nasrallah, en un héroe capaz de poner en jaque a uno de los más poderosos ejércitos del mundo. Tanto el primer ministro, filooccidental y antisirio, Fuad Siniora, como el presidente de la República, filosirio, Émile Lahoud, han expresado durante este mes su apoyo a Hizbollá. Nasrallah ha encontrado la manera de entrar de lleno en el juego político aceptando el envío, propuesto por Fuad Siniora, de tropas libanesas al sur del país, hasta ahora controlado por sus milicianos desde el retiro israelí de 2000 y desde la resolución 1.559 de la onu, que imponía el desarme. Los israelíes estaban convencidos de que la guerra sería rápida. No fue así. Las polémicas no han tardado en desatarse incluso en el ejército israelí. Al jefe de la región norte, general Udi Adam, al cual se le imputa una larga cadena de errores, incertidumbres y lentitudes, se le ha superpuesto –sin sustituirlo– otro general, Moshe Kaplinsky, veterano de la guerra en el sur de Líbano.

 

ISRAEL NO PUEDE EMPATAR. Frente a las dificultades, Olmert y su gobierno responden preparándose para la batalla más difícil, en la cual podrían sacrificar, según sus analistas, hasta 500 soldados israelíes. Es un número extraordinariamente alto para un país de unos seis millones de habitantes. En proporción, en apenas un mes, sería comparable a la mitad de los muertos estadounidenses en una década en Vietnam, o a 12 veces los caídos occidentales en Irak en tres años. En palabras de Amir Peretz: “Israel está combatiendo esta guerra para el mundo libre”. Evidentemente la única manera de combatir una guerra “para el mundo libre” es haciendo propio el lenguaje y la praxis política de la guerra antiterrorista estadounidense. Es una lógica que lleva a una pregunta angustiosa para todos los amigos sinceros de Israel. Son los que no la están empujando –como hace el gobierno estadounidense– a rodearse de tierra quemada. Son los que preguntan, casi con pudor: ¿qué pasa si después de la invasión, los 500 caídos, los 7 mil civiles muertos que habrán aislado aun más a Israel, los Katyusha siguen martirizando a Galilea? Este es el drama de Israel (y de su víctima libanesa): asumida la lógica antiterrorista impuesta por el falso amigo estadounidense, Israel no puede permitirse dialogar ni mucho menos puede aceptar un compromiso en el terreno. Si no gana, pierde. Y ganar o perder no es un capricho para Israel. Como escribe en Maariv el analista Amir Rappaport, “Israel está determinando su capacidad de disuasión militar a largo plazo frente al mundo árabe”. El voto del miércoles que decidía la invasión ha sido caracterizado en el gabinete por nueve votos favorables y tres abstenciones, las del viejo Shimon Peres hoy miembro de Kadima, Eli Yishai del partido Shas, y el laborista Ophir Pines-Paz. Afuera, desde una oposición de izquierda aislada en la sociedad, el partido Meretz habla de “trampa mortal”.

  LA DEBILIDAD INTERNACIONAL. La decisión del consejo de guerra israelí de aprobar la invasión por tierra ha helado a una comunidad internacional ya paralizada. Así, el envío de cascos azules sin alto el fuego se reveló como una quimera. Era una quimera y sin embargo da idea de la dificultad de una solución política a la guerra empezada el 12 de julio. Estados Unidos y Francia, que en el Consejo de Seguridad de la onu casi representan respectivamente a Israel y a Líbano, alcanzaron un acuerdo que pronto se demostró inviable: permitir la permanencia de tropas israelíes en Líbano sin ninguna garantía para la contraparte. El fracaso del “Gran Oriente Medio” de George W Bush ofreció una importante ocasión a la visión más multilateral que en política internacional tiene el Quai d’Orsay, el Ministerio de Exteriores francés. Sin embargo, la visión francesa sigue chocando con la rigidez estadounidense, que a pesar de rumores de contrastes incluso entre el presidente y Condoleezza Rice, no se ha modificado en cinco semanas: darle tiempo a Israel para aniquilar a Hizbollá, lo que implica apoyar la ocupación del territorio del sur del Líbano y del valle de la Bekaa, la región fronteriza con Siria. En este contexto Estados Unidos está haciendo jugar a Israel un papel –necesario en la visión neoconservadora– que sin embargo no quiere encarar directamente: abrir las puertas e involucrar a Siria. La caída o el debilitamiento del joven Bashar modificaría y disminuiría la influencia iraní sobre Palestina y Líbano. Es un ajedrez en el cual juega también Rusia, que hoy ejerce su rol de gran potencia petrolera. 

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