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La música de la paz

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 NIKO SCHVARZ 

UNA PROFUNDA EMOCIÓN me embargó cuando presencié en un programa de la televisión francesa al director de orquesta argentino-israelí Daniel Barenboim dirigiendo en París un concierto de su orquesta juvenil israelí-palestina (árabe en realidad) y al oír sus declaraciones, impregnadas de un profundo sentimiento de paz.           

Ya tuvimos ocasión de recibir aquí a Barenboim, escuchar a su East-West Divan Orchestra en el Teatro Solís y difundir sus lúcidos conceptos, invariablemente orientados a la búsqueda afanosa de la paz y la convivencia armoniosa entre dos pueblos vecinos por la geografía y por la historia. Su leit motiv, ya que hablamos de música, es que cese el derramamiento de sangre y reine la paz.            Como es sabido, en la orquesta conviven fraternalmente  músicos israelíes con palestinos y árabes de distinta procedencia, rigurosamente seleccionados por sus valores artísticos. Vivo ejemplo de que la convivencia entre diferentes, posible y deseable, puede dar preciosos frutos. La orquesta fue plasmada por iniciativa conjunta de Barenboim y Edward Said, el gran escritor palestino radicado temporalmente en Estados Unidos. Este falleció cuando la orquesta estaba desplegando su labor por el mundo. Su esposa, una intelectual con brillo propio, continuó la obra y acompañó al director de la orquesta en su comparecencia en Montevideo.           

Esa labor continúa sin tregua. Francia es otra etapa, y coincide con un momento en que la diplomacia gala desempeña un papel destacado para que la frágil tregua en el Líbano se afiance.           

Barenboim reiteró una de sus ideas fundamentales: la música une a los ejecutantes (y a los pueblos) como ningún otro arte. El que toca debe atender a su partitura, pero al mismo tiempo escuchar y buscar la armonía con sus compañeros. Una buena ejecución sólo puede surgir de la fusión de todas las voces. La música enseña la comprensión, el acercamiento y el respeto al prójimo, deriva en el afecto mutuo. Los jóvenes tocaron como los dioses, con brío, una pieza del repertorio clásico. Pero eran igualmente valiosas las declaraciones conjuntas del primer violín libanés y una violista israelí, y luego de un ejecutante palestino.

 Cada cual en su lenguaje, pero con un denominador común: la paz y una convivencia sostenida a lo largo del tiempo. Ese mismo día leí una carta conmovedora enviada por un judío de nuestras latitudes con una vívida descripción de los sufrimientos de la población en el norte de Israel. Luego vi filmaciones en Beirut de edificios arrasados, entre cuyos escombros se extraían más cadáveres. Leí el informe de Amnistía Internacional sobre los “crímenes de guerra” en el Líbano, la destrucción de centrales eléctricas, de plantas de tratamiento del agua y de infraestructuras viales. Me reafirmo en la convicción de que esta irracionalidad en máximo grado debe cesar. Pero la paz se encuentra lejos de estar asegurada. Como primera medida, debe afirmarse la tregua y no admitir ninguna violación.  

Daniel Barenboim y su orquesta juvenil sirven tan noble propósito. Ojalá surgieran más iniciativas en la misma dirección. En lugar de discutir vanamente sobre quién perdió y quién ganó en la guerra, sería beneficioso establecer la emulación en torno a quién brinda la mayor y mejor contribución para asegurar la paz en la sufrida región. 

Publicado en La República, 27 de agosto 2006, página 10 

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