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Palestina: Cosecha sangrienta

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El incidente relatado abajo es apenas un ejemplo de la odisea cotidiana que viven las comunidades palestinas a manos de la violencia impune de los colonos judíos, particularmente en esta época de cosecha de la aceituna. Sirve para ilustrar de dónde viene la violencia en Cisjordania, y también la solidaridad y compasión de las comunidades palestinas hacia sus vecinos israelíes.

 

2011-10-27 06:02:35 / Fuente: María M. Delgado, Blog Palestina en el Corazón

Este es el testimonio de un activista israelí de 61 años que fue seriamente golpeado y herido en la cabeza y en el cuerpo por colonos judíos durante la cosecha de olivos en la aldea palestina de Jalud (distrito de Nablus). Los colonos le quebraron varias costillas y dedos, y le robaron su cámara y otras pertenencias.

Ofer Neiman, 25/10/11

Publicado en MONDOWEISS – The War of Ideas in the Middle East

El viernes pasado llegamos a la aldea palestina de Jalud para participar en la cosecha de aceitunas con un grupo de campesinos palestinos. Junto con nosotros había un grupo de activistas internacionales y miembros de una cooperativa agrícola palestina de la zona de Hebrón. Cuando subimos a las terrazas de la colina que está a un km de la aldea para empezar a cosechar los olivos, ya había algunas escaleras y un tractor que había transportado el equipo necesario para la cosecha.

No habían pasado más de cinco minutos, cuando cuatro o cinco colonos judíos enmascarados llegaron al lugar, acompañados por un guardia armado vestido de civil. Excepto el guardia, todos tenía la cara cubierta con trapos (todos blancos y uno negro). Por la ruta de donde vinieron, supuse que venían del outpost (expansión) ilegal de la colonia Esh Kodesh (“Fuego santo”).

En cuanto llegaron, empecé a filmarlos. Ellos comenzaron a gritarle a los palestinos: “¡Fuera de aquí! ¡Ésta es nuestra tierra!” “Ustedes no han trabajado esta tierra por diez años, ahora nos pertenece”. Eso desató una disputa de gritos, pero hasta ese momento no pasaba de eso.

Cuando el griterío se calmó un poco, los palestinos retomaron la faena. Yo seguía filmando, cuando de pronto ví que el guardia armado y uno de los enmascarados venían hacia mí. Sentí de golpe una explosión terrible, y me di cuenta que uno de ellos había tirado una granada de estruendo hacia donde la gente estaba cosechando. Inmediatamente después escuché una salva de disparos. De inmediato la gente empezó a dispersarse, y yo también empecé a caminar en la dirección opuesta. Las piedras volaban en ambas direcciones, y los enmascarados empezaron a golpear brutalmente a las personas que quedaban en el lugar. Me alejé unos 20 metros del área y fui a una terraza más baja para escapar de las pedradas, ya que una me había dado en la mochila. A esa altura estaba a unos 50-60 metros, bastante lejos de la zona de cosecha, y todo el mundo corría hacia la aldea.

En ese momento tres o cuatro de los colonos enmascarados se acercaron a mí. Yo estaba convencido que cuando se dieran cuenta que era un hombre mayor, y me identificara como israelí, nada iba a ocurrir. Ellos al principio creyeron que era árabe y me dijeron “Jib al-hawiya” (“Denos su identificación”). Yo traté de decirles: “Cálmense, muchachos, soy israelí, no hay necesidad de violencia”. En ese momento el enmascarado de negro tironeó de mi cámara y trató de quitármela. Yo protesté: “¿No les da vergüenza? ¿Por qué actúan con violencia? Soy suficientemente viejo para ser su padre!”. Ni bien dije eso, sentí un golpe en la cabeza, seguido de la sensación de sangre saliendo de la herida. Me caí al suelo, y siguieron pegándome con palos. Grité lo más fuerte que pude: “¡Socorro! ¡Que alguien pare esto!”, pero nadie me oyó.

Los enmascarados consiguieron quitarme la cámara de fotos, y agarraron mi mochila que tenía la cámara de video, cassettes y mi anteojos. Cuando intenté recuperar mi cámara, me golpearon otra vez, esta vez en la muñeca. Después huyeron con mis pertenencias, dejándome herido y sangrando, pero plenamente consciente de mi situación y de lo que había ocurrido. La verdad es que a esa altura las heridas no me dolían tanto, y más bien me preocupaba la cantidad de sangre que perdía. Estaba totalmente en shock, y no podía creer lo que me había ocurrido.

Me levanté y empecé a subir la colina. En el camino me encontré con A y M, que también estaba cubierta de sangre: los enmascarados la habían golpeado al principio, inmediatamente después que estalló la granada de estruendo. Juntos empezamos a bajar la colina hacia la aldea, mientras las granadas de gas lacrimógeno caían alrededor nuestro, disparadas desde un jeep militar que estaba parado bajo la colina. Creo que un segundo jeep -que vimos después- también nos disparaba desde el lado izquierdo de la colina.

En medio de las granadas de gas que caían sobre nosotros logramos bajar la colina y nos paramos a unos 50 metros del jeep militar. A, que estaba con nosotros, seguía gritándole a los soldados que dejaran de dispararnos, y que había personas heridas; pero siguieron haciéndolo. Cuando llegamos al borde del terreno, cerca del camino que lleva a la aldea, el segundo jeep militar se acercó. Era un jeep de la policía de frontera [militarizada], y paró a unos 20 metros de nosotros. E o A les gritaron: “¡Vengan a ayudarnos, hay personas heridas!”. Un soldado bajó del jeep, y pensé que seguramente venía a ayudarnos. Pero fue hacia la parte trasera del vehículo, sacó una granada de gas lacrimógeno y nos disparó. El cartucho cayó a unos cinco metros de nosotros, pero el viento soplaba en dirección opuesta, y los palestinos nos indicaron que nos quedáramos donde estábamos y dejáramos que el gas volara hacia el otro lado. A esta altura la herida en mi cabeza seguía sangrando, y uno de los palestinos ató su kaffiyeh alrededor de mi cabeza para parar la sangre. M, que estaba cerca nuestro, también sangraba profusamente.

Cuando el gas se dispersó, continuamos caminando hacia Jalud, y A corrió para traer su vehículo desde la aldea. Entramos en su auto y M, H y yo salimos a buscar la ambulancia palestina que estaba en Jalud. La ambulancia nos llevó a la clínica de la aldea de Qablan, donde desinfectaron nuestras heridas y limpiaron la sangre; el paramédico palestino nos indicó que llamáramos a Madah (el servicio de emergencia israelí) y pidiéramos una ambulancia para nosotros. Llamamos, y Madah nos indicó cómo llegar al cruce de Tapuah, donde la ambulancia estaría esperándonos.

Cuando llegamos al cruce de Tapuah tuvimos que esperar hasta que la ambulancia militar llegó. Llegó también un vehículo de la policía israelí, y un policía empezó a hacernos preguntas sobre qué había pasado. El paramédico militar trató de apurar el interrogatorio hasta que llegamos al cruce de Ariel [N. de la T.: un enorme bloque de colonias israelíes en el distrito de Salfit]. El policía, acompañado de un oficial, nos siguió en un auto hasta el cruce de Ariel y nos informó que ya habían mandado un investigador a la zona de Esh Kodesh. Uno de los policías nos dijo que después que recibiéramos atención médica, iban a contactarnos para continuar recogiendo nuestro testimonio. De allí nos trasladaron al hospital Belinson en la ambulancia de Madah.

Traducción: M.M.Delgado

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