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Peleando una batalla prohibida: cómo dejé de encubrir un mal escondido

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Jesse Lieberfeld, un joven alumno de origen judío de la Escuela Winchester Thurston, escribió el ensayo, "Peleando una batalla prohibida: cómo dejé de encubrir un mal escondido" acerca de cómo se ve en Martin Luther King, a partir de su propia lucha con la obligación religiosa de apoyar a Israel. El ensayo es uno de los 2 ganadores del galardón Martin Luther King Jr. de la Universidad Carnegie Mellon.  

2012-01-18 12:22:08 / Fuente: Mondoweiss.net - Traducción: Palestinalibre.org

Por Jesse Lieberfeld

Alguna vez pertenecí a una religión maravillosa. Pertenecí a una religión que permitía a áquellos que creíamos sentir que somos el pueblo más extraordinaria en el mundo -- y sentir pena por nosotros al mismo tiempo. Una vez, pensé que pertenecía a ese mundo de seguridad, auto-compasión, auto-proclamada inteligencia y perfección moral. Me pensé un privilegiado. Pronto se me reveló, que tanto yo como mis compañeros de creencias, no éramos parte de nada tan halagador.

Aunque mis padres no me forzaron hacia algún cuerpo de creencias, ser Judío fue imposible de escapar mientras crecía. Era algo constantemente reforzado cada festividad y cada encuentro con mis familiares. Siempre me fue recordado lo integifente que era mi familia, lo importante que era recordar de dónde habíamos venido y ser orgulloso de todo el sufrimiento que nuestro pueblo había tenido que superar hasta lograr el sueño en la perfecta sociedad de Israel.

Esta última creencia nunca la entendí completamente, pero siempre mantuve mis dudas acerca de la reputación de Israel atás en mi mente. “Nuestro pueblo” estaba peleando una guerra, una que nunca comprendí completamente, pero asumí que debía estar justificada. Nunca seríamos tan amorales como para pelear una guerra injusta.

Sin embargo, cuando empecé a entender más sobre nuestro llamado “conflicto” con los Palestinos, mi inquietud creció. Rutinariamente escuchaba sobre asesinatos en masa, ataques a centros médicos y otras acciones violentas para las cuales no veía razón. “Genocidio” casi sonaba como el término más apropiado, sin embargo nadie que conocía habría descrito la guerra de esa manera; siempre se describía la situación en el más neutral de los términos. Cada vez que hablaba sobre ello, la respuesta era que en ambos bandos se cometián faltas, no había alguien a quién culpar, o simplemente era una “situación difícil”.

No fue sino hasta el octavo grado que entendí plenamente de qué lado estaba. Una tarde, después que varios asesinatos fueran anunciados en el bus a casa, pregunté a mis amigos que activamente defendián a Israel, lo qué pensaban. “Necesitamos defender a nuestra raza”, me respondieron. “Es nuestro derecho”.

“Necesitamos defender a nuestra raza”.

¿Dónde había escuchado eso? ¿No era la misma excusa que nuestro país había usado para justificar los abusos a los afro-americanos hace 60 años?

En ese momento, entendí lo similar de nuestras luchas -- tal como los blancos radicales de esa era, controlamos las vidas de otro pueblo, al que abusamos a diario, y nadie puede hablar contra nosotros. Era demasiado incorrecto politícamente. Habíamos sufrido demasiado, soportado demasiado y nos habíamos sobrepuesto a demasiadas penurias para ser criticados. Entendí que yo no era parte de un “conflicto” -- el término “Conflicto Israelí / Palestino” no era más acertado que llamar al movimiento de los Derechos Civiles el “Confilcto Caucásico / Afro-Americano”.

En ambos casos, la expresión no era sino un eufemismo: daba la impresión que esta era la disputa entre dos iguales, ambos con igual culpa. Sin embargo, en ambos, había un claro opresor y oprimido, y sentí el horror al entender que estaba por naturaleza en el lado de los opresores. Estaba agrupado con los supremacistas raciales. Era parte de un grupo que mataba mientras alababa su inteligencia y razón. Era parte del delirio.

Pensé en el líder del lado oprimido de años atrás, Martin Luther King Jr. El también tuvo que ser parte de la lucha, escondida y maquillada para la conveniencia de áquellos contra los que peleaba.¿Cuál habría sido su reacción? Fue precisamente la mía. Como escribío en sus cartas desde la cárcel de Birmingham, el mayor enemigo de su causa no era “El Supremacista blanco o el miembro del Ku Kux Klan, sino el blanco moderado...quién vive bajo un concepto mítico del tiempo... La aceptación indiferente es mucho más indignante que el rechazo directo”.

Cuando leí esas palabras por primera vez, sentí como si me observara en el espejo. Toda mi vida había sido condicionado para tratar el llamado conflicto con la misma apatía que M.L.King había condenado con tanta vehemencia. Yo, también, jugaba el rol del moderado indiferente. Yo también, “vivía bajo un concepto mítico del tiempo”, encerrado en mi propio mundo surrealista y en el cuerpo de creencias que se me había asignado. Nunca me había sentido tan atrapado.

Decidí realizar un último llamado a mi religión. Si ella no podía responder mis dudas, nadie podría.

La siguiente vez que fuí al servicio religioso, hubo una sesión de preguntas y respuestas acerca de nuestra religión. Quería presentar mi dilema de la manera más simple y clara posible. Pensé mi pregunta durante el curso de un solo de cello de 17 minutos que fue tocado durante el servicio. Antes, había aceptado ese solo como una parte más del programa, ahora parecía capturar la esencia de nuestra religión: inteligente y bien realizado en el papel, sin embargo completamente indiferente para el resto del mundo (el solista no tenía la menor idea lo bien que nos hacía dormir).

Cuando finalmente tuve la oportunidad, mi pregunta fue: “Quiero apoyar a Israel. Pero, ¿cómo puedo cuando permite a su ejército cometer tantos crímernes?. Fuí recibido con miradas enojadas de los mayores, pero el rabino me contestó.

“Es terrible, no?”, dijo. “Pero no hay nada que podamos hacer. Es sólo un hecho de la vida”. Sabía que la guerra no era un asunto sencillo y que de ninguna manera cometíamos crímenes por el gusto de hacerlo, pero describir nuestros crímenes como “un hecho de la vida” fue simplemente demasiado para mí. Le agredecí y salí poco después. Nunca volví.

Pensé en lo que podía hacer. Si nada más, al menos podía intentar liberarme del peso de una creencia que no podía mantener en mi conciencia. No podía vivir mi vida como uno de esos patéticos moderados a los que M.L.King llamó la peor parte del problema. No pretendía seguir siendo uno de “Los Elegidos”, identificándome como parte de un grupo al que no pertenecía.

Fue distinto no ser el niño judío ideal. La diferencia fue sutil, pero en ningún caso sin efecto. Cada vez que uno de mis familiares o amigos más religiosos se enteraba que no compartía sus creencias, encontraba una mirada desaprobadora, un cambio de tema o un grito alarmado de “¿Qué?, ¿Israel no es importante para ti?. Mis cercanos se dirigían a mí de una manera paternalista, pero finalmente dejé de notar la forma en qué los adultos me percibián. Valía la pena no sentirse como otro parte apática de la máquina.

No puedo, obviamente, saber lo que fue ser un Afro-Americano en los 50s. Siento, sin embargo, exactamente lo que fue ser un blanco en ese tiempo, vivir bajo un aura de invencibilidad moral, mantener creencias incuestionables, y construir ilusiones de superioridad para evitar enfrentar las simples verdades de cada día. Esa ilusión fue agradable mientras duró, pero decidí dejarla pasar. Nunca he sido más feliz.

Jesse Lieberfeld, alumno de 11ª grado en at Winchester Thurston.

19/01/2012 11:03 difusionpalestina Nota anterior completa. sin tema

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