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El día que nos quemaron la casa

Por: Quique Kierszenbaum desde Jerusalén, Israel.

La semana pasada jugaba con mi hijo en la relativa tranquilidad de un fin de semana otoñal en Jerusalén, hasta que una placa en la televisión hizo añicos la paz familiar. La noticia: había sido quemada la escuela Mano a Mano, a la que concurre Guil, mi hijo de 12 años, y en la que trabaja mi señora, Sharon. Unos siete u ocho minutos nos separan de la escuela; en segundos estaba en la calle apurando el paso camino al colegio. En casa quedaron Sharon y Guil, en estado de shock.

 La mayoría de los miembros de la comunidad sabíamos que esto podía pasar, que era cuestión de tiempo. La ciudad ha cambiado mucho desde el verano pasado. Es más racista e intolerante, y nuevamente es objetivo de la violencia. Las huellas de este clima habían pasado ya por las paredes de nuestra escuela con un mensaje claro. “Muerte a los árabes”, decía una consigna de “moda” en la ciudad.

Esta nueva violencia, diferente, está caracterizada también por aquellos palestinos que sin ninguna organización política que los envíe, o que los ayude en sus ataques, deciden llevar a cabo operaciones en las que los objetivos son israelíes. El más cruel de los ataques -a la sinagoga de Har Nof, en el que murieron cuatro judíos ortodoxos en medio del rezo matutino- confirmó el nivel de violencia de este conflicto. Y no podemos olvidar el brutal asesinato de Mohamad Abu Khdeir, el joven palestino que fue quemado vivo por extremistas judíos ultranacionalistas, que originó los enfrentamientos, casi diarios, entre jóvenes palestinos y fuerzas de seguridad israelíes.

La respuesta del Estado a esta violencia fueron penas colectivas para la población palestina de la ciudad, mano dura y cero diálogo. No son una buena receta para apagar, o al menos bajar, las llamas de esta nueva fogata en la ciudad. Estas penas colectivas han sido criticadas hasta por los propios integrantes de los aparatos de seguridad, por el malestar general que provocan en la población palestina.

El fuerte olor a quemado inundó los últimos metros hasta la entrada de la escuela; mientras los bomberos luchaban por apagar definitivamente el fuego de una de las aulas, los directores de la escuela y los padres iban de un lado al otro, tratando de entender qué había pasado.

Para no dejar lugar a la imaginación, los perpetradores nos dedicaron unas pintadas, algunas conocidas, otras nuevas. El lugar en el que los niños aprenden a leer y escribir sus primeras palabras había sido decorado con mensajes de odio, como “muerte a los árabes”, “no hay coexistencia con el cáncer” o “basta de asimilación”. Los atacantes prendieron el fuego armando una pila de libros y cuadernos en el centro del aula.

Las primeras horas fueron shockeantes. Las caras de quienes estábamos en la escuela lo decían todo. Nos habían quemado la casa, porque para nuestra comunidad este proyecto es mucho más que una simple escuela, es el lugar en el que nos comprometimos y apostamos por una sociedad más justa, donde se eduque en valores de igualdad, de respeto mutuo y de solidaridad.

Judíos y árabes nos negamos a ser enemigos en esta escuela, y nuestros hijos incorporan este mensaje desde que ingresan. Quienes estábamos dentro del edificio no sabíamos qué ocurría afuera, ya que la Policía había bloqueado la entrada. Dos horas después, cuando la Policía permitió la entrada, un río de gente se abrió camino hasta la sala de maestros en la que estábamos reunidos. Había padres, maestros y ex alumnos; todos habían venido a dar una mano. Esa noche decidimos que la escuela abriría sus puertas al día siguiente, como de costumbre. Dejamos el trauma para pasar a la acción. Teníamos que dar apoyo al equipo de la escuela, a los directores y a los maestros, que tendrían que contarles lo ocurrido a nuestros hijos. Tendríamos que atender a la prensa, a los políticos y sus promesas, y a quienes vinieran a identificarse con nosotros.

Ha sido una semana intensa. Muchos padres hemos dividido nuestra vida entre el trabajo y la presencia en la escuela, para ayudar, explicar o simplemente estar presentes. Hemos recibido visitas y los niños de la clase quemada han sido invitados a la residencia del presidente Reuven Riblin, que en más de una ocasión ha manifestado su apoyo a la escuela.

Nuestra escuela es la única de su tipo en la ciudad de Jerusalén: la mitad de los niños son judíos y la mitad árabes, se enseña el árabe y el hebreo como primeras lenguas y se aprenden las dos narrativas históricas. Pero la ONG Mano a Mano dirige y coordina tres escuelas y dos jardines de infantes que parecen haberse convertido en una amenaza para quienes buscan una sociedad monolítica, con ciudadanos de clase superior y minorías de segunda clase. La incitación no llega sólo desde lugares oscuros, viene también de parlamentarios que se expresan en forma radical, fomentando el odio y la violencia.

En un ambiente de violencia como el que se vive en la ciudad, me atrevo a asegurar que las fuerzas del mal no han hecho su última visita a nuestra escuela.

Estoy convencido de que para solucionar el conflicto se necesitan menos armas, menos policías y más escuelas como Mano a Mano. Sólo la educación conjunta permitirá que las próximas generaciones enfrenten la realidad en una forma diferente y lleguen a una paz justa y verdadera.

Para el viernes 5 convocamos una marcha en apoyo a la escuela, a la que acudieron más de 2.000 personas a darnos el apoyo y el abrazo fraterno que necesitábamos.

Colgada en la entrada de la escuela hay una carta que dice: “Continuamos juntos, sin odio y sin temor”. Así lo haremos. Quien quiso quemar una idea sólo nos fortaleció.

 

Publicado en La diaria. Montevideo, 10 de diciembre de 2014.

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