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COMISIÓN de APOYO al PUEBLO PALESTINO

Gerardo Leibner: Léxico y secuencia para entender algo

ISRAEL/PALESTINA

Gaza es para el sentido común israelí una especie de tacho de residuos humanos del proceso de colonización. Israel es, probablemente, el único país del mundo actual que no declara sus límites geográficos y que más bien se rige jurídicamente por la idea que allí en Palestina donde reside un colono judío es jurisdicción israelí.

 

por Gerardo Leibner (desde Israel)

GAZA. La Franja de Gaza es un estrecho territorio de 385 km2 (o sea, bastante menos que el departamento de Montevideo, para poner un ejemplo uruguayo) en el cual residen alrededor de 1 millón 800 mil habitantes. La Franja de Gaza se ha convertido a partir de la guerra de 1948, cuando fue creado el Estado de Israel, en la mayor concentración de población palestina desplazada en el curso de aquella guerra, población a la cual no se le dio nunca la posibilidad de retornar a sus poblados y tierras de origen. Más de la mitad de la población actual de Gaza es descendiente de los doscientos mil refugiados acogidos durante la guerra de 1948-1949 y de los varios miles de palestinos que fueron expulsados del territorio sobre el que se consolidó Israel en la década del ’50. En idioma hebreo de la calle se fue acuñando desde los años ’50 una expresión cuyo significado más próximo en castellano rioplatense coloquial sería “andá a la mierda”, o “vete al infierno” si queremos usar un léxico castellano más amplio: “lej lea’zha”, que literalmente significa “vete a Gaza”. Gaza es para el sentido común israelí una especie de tacho de residuos humanos del proceso de colonización, o si queremos un ejemplo histórico asimilable la “reserva india” norteamericana, en la cual fueron concentrados y encerrados muchos de los derrotados y desplazados de la guerra de 1848. El problema de esa reserva palestina desde el punto de vista israelí es que los humanos ahí confinados nunca asumieron totalmente su derrota, nunca se resignaron. Se resistieron y se resisten a asumirla. Y ya desde los ’50, algunos de manera individual y otros organizadamente procuraron cruzar la frontera creada por la colonización, sea para infiltrarse y lograr vivir en el territorio del cual fueron desplazados o sea para atentar contra quienes los despojaron y luego fueron emigrando y colonizando sus antiguas tierras. En aquellos años se fue consolidando la respuesta israelí a los intentos de “infiltración” palestina: las “acciones punitivas” al interior de Gaza (hasta 1967 bajo régimen militar egipcio) y al interior de Cisjordania (hasta 1967 bajo dominio militar jordano).

La conquista militar de esos territorios por parte de Israel en la "guerra de los seis días", en junio de 1967, creó una nueva situación. Tras varios meses de control militar que impedía la libertad de movimientos de los palestinos en los territorios conquistados, Israel optó por utilizar a los refugiados palestinos y a los más pobres entre los otros palestinos conquistados en mano de obra barata para su propio desarrollo. Eso implicó el reingreso al territorio ya consolidado como Israel de refugiados e hijos de refugiados de la guerra de 1948, ahora como obreros, principalmente en la construcción o en los eslabones “no especializados” de sus industrias. Durante un poco más de 20 años los refugiados palestinos residentes en Gaza pudieron visitar y ver las tierras en las que antes se encontraban sus pueblos, barrios, ciudades, en muchos casos demolidos o considerablemente transformados bajo el influjo de cientos de miles de nuevos inmigrantes/colonos judíos. En muchos casos los trabajadores de Gaza limpiaron calles, erigieron edificios y pintaron paredes en las que fueron las tierras de sus padres desplazados. Al mismo tiempo en la Franja de Gaza el gobierno militar israelí reprimía violentamente todo esbozo de organización política independiente, sea nacionalista o izquierdista. Prohibiciones, censura, cárcel, torturas, demolición de viviendas y hasta asesinatos de supuestos dirigentes guerrilleros fueron parte de un ritual represivo en las décadas del ’70 y del ’80 en Gaza bajo dominio militar israelí. A la vez Israel confiscó buena parte de las tierras agrícolas de Gaza y envió colonos a establecer colonias de agricultura intensiva, utilizando la mano de obra barata de la población local despojada y sin derechos ni capacidad de defensa (las organizaciones sindicales fueron ilegalizadas por estar políticamente en contra de la ocupación).

A fines de los ’80 la primera Intifada, un generalizado levantamiento popular palestino, cuestionó seriamente la hasta entonces rentable explotación de la mano de obra palestina dentro de Israel. Tras dos años de paros generales al ritmo de cuatro o cinco jornadas al mes y de continuas manifestaciones y acciones represivas que tornaban en incierta la capacidad de llegada al trabajo de decenas de miles de trabajadores, junto con las prohibiciones a los obreros palestinos de dormir en ciudades israelíes (por temor a atentados de su parte), sectores enteros de la economía israelí remplazaron a los trabajadores palestinos con nuevos inmigrantes judíos venidos desde la URSS en desintegración y con trabajadores extranjeros baratos enganchados por empresas contratistas, al mejor estilo del neoliberalismo global, en Rumania, Tailandia, Turquía y China. Los procesos globales permitieron “liberar” a la economía israelí de su dependencia parcial en relación a la mano de obra palestina. E inmediatamente a comienzos de los ’90 Israel empezó a restringir la libertad de movimientos de los palestinos residentes en Gaza y en Cisjordania. Se reinstaló un sistema de permisos especiales junto a numerosos puestos de control en carreteras y puntos estratégicos. El impacto sobre la desocupación en Gaza fue dramático. Paulatinamente en esa zona la Intifada adquirió el carácter de guerra de guerrillas en la cual se fue destacando Hamas, una organización político-militar relativamente nueva que combinaba una doctrina religiosa islámica con el nacionalismo palestino. Paradójicamente el famoso proceso de paz entre Israel y la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), iniciado en 1993, reforzó las restricciones. Se estableció la Autoridad Palestina, que obtuvo el control policial de las ciudades y los campamentos de refugiados en Gaza y Cisjordania, pero las colonias judías y las principales carreteras y la mayoría de los terrenos agrícolas quedaron bajo control israelí.

El desmoronamiento de las negociaciones de paz en el año 2000 y el surgimiento de la segunda Intifada, esta vez sí un levantamiento armado y mucho más sangriento que el anterior, tanto en la insurgencia palestina como en la represión israelí, convirtió la Franja de Gaza en una verdadera zona de combate. En la desesperación y pobreza de los campamentos de refugiados de Gaza se incubaron las más importantes acciones guerrilleras palestinas, algunas dirigidas contra el ejército de Israel, otras contra colonos israelíes y otras contra ciudadanos dentro de las fronteras de Israel. Finalmente en 2005 fue Ariel Sharon, el primer ministro israelí, quien tomó la decisión de retirada unilateral de la Franja de Gaza, desmantelando las colonias israelíes pese a la oposición de la ultra-derecha. El precio militar y económico en Gaza era demasiado alto e Israel prefirió concentrar su esfuerzo colonizador en Cisjordania. El alambrado de Gaza fue reforzado y al retirarse unilateralmente, sin acordar nada con la Autoridad Palestina, se tomaron las medidas físicas para que todo acceso humano, de mercancías o el mero suministro de energía o cualquier material, se controlara e interceptara por el ejército israelí. Sin soberanía aérea, marítima o de los puestos de paso terrestre Gaza quedó sometida a la voluntad sitiadora de Israel. Al tiempo que los sectores más extremistas palestinos, particularmente Hamas, festejaban la retirada militar israelí en la que veían un triunfo de su lucha armada, otros sectores políticos palestinos observaban con preocupación cómo Israel convertía la Franja de Gaza en una enorme cárcel sin techo.

LÍMITES/FRONTERAS. “Ningún estado soberano en el mundo aceptaría la excavación de túneles bajo su territorio”; algo así se lee en los diarios que dijo el presidente de los EE.UU. Barack Obama la semana pasada, justificando las acciones militares israelíes destinadas a ubicar y destruir túneles construidos en Gaza para acceder a Israel por debajo del sistema de alambrados. Y creo que tiene razón Obama. Ningún estado aceptaría esa trasgresión a su soberanía territorial. El único problema es que Israel es un estado que no ha reconocido sus propias fronteras, sus propios límites. Al no permitir una soberanía palestina en Gaza y mantenerla bajo sitio desde las elecciones de 2006, en que la mayoría de los habitantes votó al movimiento Hamas, hasta el día de hoy Israel no ha delimitado su propia soberanía. Lanchas de pescadores de Gaza que se apartan decenas de metros de la costa son ametralladas por la marina israelí; productores agrícolas palestinos ven muchas veces cómo sus cosechas se pudren debido a una decisión israelí de bloquear unilateralmente la exportación; miles de palestinos de Gaza que estudiaban en universidades en Cisjordania se vieron obligados a optar por permanecer allí sin saber cuándo podrían retornar a visitar sus hogares y ver a sus padres y hermanos o regresar a Gaza y renunciar a sus estudios. Estos son tan solo algunos ejemplos del significado del sitio a Gaza iniciado en 2006. Ni que hablar de la anormalidad de la situación político-militar y jurídica en Cisjordania, en la cual hay lugares en que Israel ejerce un régimen muy similar a lo que fue el apartheidsudafricano, con jurisdicción civil israelí para los colonos judíos y jurisdicción militar israelí para los palestinos. Sucede muchas veces que un grupo de colonos armados agrede a campesinos palestinos en el marco de intentos por despojarles de sus tierras y los militares que acceden al lugar sólo pueden intervenir para reprimir o evacuar a los palestinos, porque contra los colonos solo puede actuar la policía, que casi nunca llega a tiempo en estos incidentes. Israel es, probablemente, el único país del mundo actual que no declara sus límites geográficos y que más bien se rige jurídicamente por la idea que allí en Palestina donde reside un colono judío es jurisdicción israelí. Entonces, más que límites tenemos fronteras abiertas a la colonización, algo similar al movimiento hacia el lejano oeste en Norteamérica o la colonización de las pampas y la Patagonia en los años previos y posteriores a la infame “conquista del desierto”. Con muchos más recursos que los indígenas americanos del siglo XIX, los palestinos actuales se niegan a aceptar ese proceso y resisten. Los alambrados y los muros son superados por los misiles por arriba y por túneles por debajo. La eficacia de esta resistencia es dudosa, pero es resistencia y tiene sus efectos desafiantes. Ni que hablar de la injusticia que implica disparar misiles sobre poblaciones civiles del lado israelí. Pero, si lo pensamos bien, ¿qué otras alternativas de resistencia activa tienen los palestinos confinados en esa enorme jaula que es la Franja de Gaza? No muchas. Ninguna fácil y ninguna pacífica. Algunas marchas de protesta hacia los alambrados ensayadas en años anteriores culminaron dispersadas a balas por las fuerzas israelíes, con muertos y heridos palestinos. Pero, volviendo al tema de la frontera y la soberanía, ¿cómo establecer qué es una “infiltración” palestina si no está establecida cuál sería una infiltración israelí? Aparentemente, para la ley internacional rigen las fronteras anteriores a la guerra de los seis días, pero es Israel misma la primera en desvirtuarlas al establecer colonias y anexar de facto buena parte del territorio de Cisjordania. Para la comunidad internacional rigen también los acuerdos de Oslo firmados en 1993-1994, pero se trataba de acuerdos temporarios vigentes hasta el año 2000, y desde el desmoronamiento de las negociaciones de paz no fueron renovados. Israel tampoco tiene empacho en violar las disposiciones de Oslo cuando le conviene, exigiendo a la Autoridad Palestina que cumpla con las cláusulas que le convienen a Israel. Obviamente a lo largo de estos años de fracasadas negociaciones y hostilidades también los palestinos violaron numerosas cláusulas de un acuerdo realmente diseñado para ser temporario y no para administrar un conflicto por el periodo de dos décadas.

¿DEMOCRACIA VERSUS FUNDAMENTALISMO? Los voceros israelíes hacen hincapié en presentar a Israel como una democracia moderna que enfrenta a un movimiento terrorista islámico de carácter fundamentalista. Empecemos por la segunda parte de la ecuación. Hamas es evidentemente un movimiento islámico conservador (no estoy seguro de si fundamentalista es el término más correcto, hay en el Medio Oriente movimientos religiosos más fanáticos), intolerante y violento. De eso no hay duda y sobre ello pueden atestiguar militantes de su rival Fatah (nacionalistas pragmáticos) o militantes de izquierda o por los derechos humanos que sufrieron represión a manos de Hamas dentro de la Franja de Gaza. Sin embargo, esos mismos militantes valientes que demostraron más de una vez su consecuencia ante atropellos de Hamas son los primeros en asegurar que no se trata de un conflicto de Hamas sino de todo el pueblo palestino en Gaza que se encuentra bajo sitio israelí. Es más, todos los observadores internacionales y los actores políticos palestinos concuerdan en que la sistemática política israelí de pasarle por encima a la Autoridad Palestina y humillar a los dirigentes moderados, prosiguiendo la colonización como si no hubiera habido negociaciones de paz y desoyendo resoluciones internacionales, es la principal razón que convirtió a Hamas en la primera fuerza política en Gaza. Y no está de más mencionar que una relación de interés mutuo entre extremistas islámicos y militares israelíes ya existió en la década del ’70 cuando, en el marco de la lucha israelí contra el auge de movimientos izquierdistas en Gaza, la ocupación israelí permitió a las hermandades musulmanes entonces minoritarias (de las cuales surgió Hamas 15 años más tarde) quemar y clausurar cines, teatros, centros culturales y cafés que irradiaban una cultura laica y de izquierda. Luego, desde los ’90, ha existido una sistemática correlación entre las acciones del Likud, el aún principal partido de derecha en Israel, y Hamas, siendo uno funcional al otro para debilitar opciones de diálogo israelí-palestino. No cabe duda de que se trata de enemigos, pero que resultan muy funcionales para la política interna de cada uno.

Retornando a la primera parte de la ecuación: ¿es Israel una democracia? Desde el punto de vista formal parecería serlo. Tiene pluralismo político, hay elecciones periódicas, sistema representativo y separación de poderes. Nadie en América Latina o España puede desdeñar estos aspectos formales de la democracia que muchas veces costó tanto reconquistar. Sin embargo, si miramos bien el mapa y los datos, Israel no es una democracia. Para que una democracia exista tiene que tener un cuerpo de ciudadanos claramente definido y este cuerpo de ciudadanos con plenos derechos políticos tienen que ser básicamente todos los adultos con residencia fija bajo la jurisdicción soberana de ese estado. En los territorios que se encuentran bajo dominio israelí desde hace ya más de 45 años hay cientos de miles de palestinos sin derecho de voto. Esto no se refiere a Gaza, que aunque sitiada y sometida a incursiones bélicas supuestamente está ya fuera de territorio israelí. Hablo de Jerusalén Oriental, con más de doscientos mil palestinos formalmente anexados a Israel pero sin derechos ciudadanos y sometidos a políticas de hostigamiento abiertamente destinadas a alentarles a emigrar. Y hablo de más de cien mil palestinos en las zonas C de Cisjordania, zonas agrícolas bajo dominio israelí y en pleno proceso de colonización en las cuales Israel actúa como si fueran parte integral del estado. Y por limitarme a lo más formal de la democracia no entro ahora a analizar las prácticas de discriminación y marginalización represiva a las que son sometidos cientos de miles de palestinos de ciudadanía israelí que residen dentro de las fronteras de 1967 y que sí gozan de voto y representación política. Sólo diré que a la habitual discriminación administrativa, económica y cultural en estos últimos meses se ha agregado una hostilidad muy fuerte, desde el estado y desde la sociedad judía, que incluye el despido de miles de trabajadores por haber expresado voces discordantes con la guerra, el boicot económico a muchos negocios y restaurantes palestinos en Israel, y la agresión física de palestinos que se topan casualmente con patotas de adolescentes judíos enardecidos por el ambiente bélico y reaccionando ante atentados palestinos, que gritan consignas como “¡Muerte a los árabes!” y son capaces de linchamientos.

Entonces Israel más que una democracia es una etnocracia, o sea el régimen de supremacía étnica de su mayoría judía, con una capa democrática muy endeble y erosionada que actualmente se va cayendo a pedazos. Los principales políticos israelíes moderados definen al estado como “judío y democrático”. Parlamentarios árabes ya han aclarado que el verdadero significado de esa fórmula es un estado que funciona como democrático para los judíos y como judío para los árabes.

El enfrentamiento tampoco es entre democracia y fundamentalismo porque el nacionalismo judío, en parte religioso, es tan fundamentalista como el de Hamas, ya que recurre a argumentos como la santidad de la tierra de Israel y la promesa divina para justificar la colonización, el despojo de tierras y las masacres que derivan del uso de la fuerza militar en condiciones tan asimétricas.

¿CUÁNTO VALE LA VIDA DE UN SOLDADO NUESTRO? La tarde del pasado viernes, al detenernos en un semáforo en un importante cruce en el centro de Israel, dos jóvenes colonos religiosos (identificables por su ropa y su forma de expresión) ofrecían a los automóviles en fila un adhesivo con esta leyenda: “La vida de un soldado nuestro vale más que la vida de los civiles enemigos”. Quienes reparten ese adhesivo pertenecen a la ultraderecha israelí, pero nosotros fuimos la excepción en esa casual fila de automóviles: casi todos aceptaban el adhesivo. Ministros y parlamentarios no dudan en expresar esa misma idea que explica la brutal desproporción en el uso de la violencia militar israelí en Gaza. En ese aspecto la ultraderecha expresa lo que es de sentido común entre los judíos de Israel, incluso entre quienes pragmáticamente votan a partidos de centro y centro-izquierda: la idea de que la vida de un judío vale más, o debe hacerse valer más, que la vida de los palestinos. Es muy crudo decirlo así, pero es esa idea tan profundamente racista una de las claves ideológicas de la hegemonía de la derecha al interior del sionismo. La denominada izquierda sionista sólo prevaleció en la política israelí cuando logró demostrar que su moderación pragmática era la forma más prudente de preservar vidas judías. Defender ideas universalistas de cualquier tipo –sean estas comunistas, socialdemócratas o incluso liberales– está considerado en Israel como de “ultraizquierda”. Los judíos que así pensamos somos tildados de traidores a la patria. Y tal vez sólo por la misma lógica de ese racismo todavía nos toleran y no nos hostigan físicamente de la manera como agreden a árabes que expresan su opinión o simplemente hablan en voz alta en su idioma en el sitio equivocado. Pero, ¿quién lo sabe?, tal vez pronto nos tocará también, ya hay señales de ello. Sin embargo, y a pesar de los serios peligros de pérdida de códigos de tolerancia al interior de Israel, lo que sucede en Gaza y los muertos palestinos en manifestaciones en Cisjordania, ya más de una decena, son lo más grave y urgente.

  

Número 71 de la revista digital Vadenuevo, en www.vadenuevo.com.uy.

 

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