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ANÁLISIS y OPINIÓN

20060823073824-capt.96019fea55254e849da8123addba772f.lebanon-mideast-abc110-1-.jpgGUERRA DISCURSIVA - Por Washington Uranga

*  LOS PALESTINOS DAN SEÑALES EN EL SENTIDO DE NEGOCIAR CON ISRAEL - Por Sergio Rotbart   

*  LA VIOLACIÓN DE LA TREGUA – Por Niko Schvarz   

*  UN VIAJE AL ROSTRO VELADO DE HEZBOLÁ - Por Eduardo Febbro    

Martes 22 de Agosto de 2006

 GUERRA DISCURSIVA

 

  Por Washington Uranga

  

Nada descubrimos si afirmamos que la guerra se concreta tanto en el campo de batalla físico, con todos los medios tecnológicos de gran capacidad de destrucción, en el cuerpo a cuerpo, pero también en el terreno discursivo y simbólico. Por eso es interesante observar cuáles son los argumentos que hoy se manejan en este terreno a propósito de la conflagración en Líbano. Desde muchos frentes, en particular del norteamericano a través de George Bush se ha pretendido instalar la imagen de una guerra religiosa, apoyándose también el discurso de los fundamentalistas islámicos. ¿Existe tal guerra religiosa? Nada indica que así sea. Sí existe, en cambio, una justificación religiosa de una guerra que, como siempre, es por intereses económicos y de poder. Ni el Estado de Israel ni el Líbano ni Hezbolá se mueven por motivos religiosos. Combaten por territorio, por riquezas, por poder y, por cierto, encuentran en lo religioso una cuota adicional para alimentar la disputa que alimenta el espíritu de combate, agrega mística y sublima hasta la inevitable tragedia de la muerte, permitiendo asimilarla, comprenderla y justificarla. Ninguna de las tradiciones religiosas más importantes de la historia de la humanidad, incluyendo allí a judíos, musulmanes y cristianos, sostiene válidamente la invocación a Dios para acabar con la vida. El martirio es una consecuencia no deseada –aunque reconocida y valorada– de la búsqueda de la vida. Por esta misma razón es dudoso que puedan ser considerados mártires quienes pierden su vida para provocar más muertes. 

 

 Los discursos norteamericano y británico siguen utilizando ahora los mismos recursos que en su momento se usaron en la Guerra Fría para “construir el enemigo”. Ayer eran “comunistas” y hoy son “musulmanes”. Curiosamente los enemigos de ayer eran “ateos” y hoy son “religiosos fundamentalistas islámicos”. El argumento de ayer era salvar de la “agresión comunista y atea” al mundo “occidental y cristiano”. Hoy los “agresores” son árabes y musulmanes, que son creyentes, pero “fundamentalistas” y ponen en peligro a la “civilización judeo-cristiana y occidental”. ¿Quiénes son más fundamentalistas? Sería difícil precisarlo. Para la potencia hegemónica del mundo la condición de árabe y de musulmán equivale a la de “terrorista” y esto justifica cualquier “acción preventiva” de los guardianes del orden mundial. Y si no es así que lo digan muchos de los detenidos en la “espectacular” acción “antiterrorista” anunciada en Londres: todos ellos tienen en común sus raíces árabes o musulmanas pero la mayoría de los que harían volar aviones en pedazos no tienen pasaportes, nunca sacaron pasajes para los vuelos en los que habrían de cometer los atentados y no se les pueden probar las actividades de las que se los acusa. En América Latina, donde culturalmente la mayoría sigue siendo cristiana, la acusación se traslada a otro campo: el enemigo es el “narcotráfico” y todos aquellos que se oponen al sistema son “narcotraficantes”. Por eso la DEA se encarga del “fortalecimiento de la democracia” a través del combate al narcotráfico. 

 

 La guerra nunca sirve para construir la paz. Los mísiles y las bombas no dialogan. Los que usan la guerra como recurso para seguir imponiendo su poder, cualquiera que éste sea, necesitan también construir el enemigo discursivamente. Eso es lo que hicieron antes y lo que siguen haciendo ahora. Los enemigos antes eran “ateos” y ahora son “fanáticos religiosos”, antes eran “comunistas” y ahora son “terroristas” o “narcotraficantes”. No cambia lo esencial que es nombrarlos de manera tal que se justifique su aniquilación por cualquier método.       

Martes 22 de Agosto de 2006   

Los palestinos dan señales en el sentido de negociar con Israel 

 

 Por Sergio Rotbart - Desde Tel Aviv

 La semana pasada el titular de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abbas, permaneció tres días en Gaza para dialogar en forma prolongada con los líderes del Hamas. Por primera vez desde las últimas elecciones, Abbas reunió al Consejo de Seguridad Nacional de la AP. Por parte del movimiento islamista participaron en el alto foro el primer ministro, Ismail Haniyeh, y el ministro del Interior, Saeed Seyam, responsable de los aparatos de seguridad. El tema más importante de las conversaciones entre los líderes de las dos principales corrientes políticas palestinas fue la posible formación de un gobierno de unidad, una opción que podría poner fin al embargo que muchos países decretaron contra el gobierno de Hamas. Con la incorporación de Al Fatah, el partido liderado por Abbas, la coalición gobernante adoptaría un matiz mucho más potable ante la mirada de la comunidad internacional. 

 

 El esfuerzo negociador, hasta ahora, no dio resultados positivos. Cada una de las partes demanda de la otra condiciones de alto precio. Abbas le exige a Hamas el reconocimiento expreso de Israel y de los acuerdos que este país firmó con la OLP, además de la renuncia a la violencia. Haniyeh, por su parte, reclama que Hamas siga encabezando el futuro gobierno de unidad y que los ministros del movimiento conserven la mayoría. Azam el Ahmad, dirigente de Al Fatah, le contestó: “Exigimos ser socios plenos del gobierno, no aceptaremos ser un simple agregado”. Con la intención de encontrar una eventual salida a la crisis de las negociaciones, el miembro independiente del Consejo Legislativo (Parlamento) Ziad Abu-Amar reflotó una vieja idea: crear un “gobierno de expertos”, presuntamente libre de condicionamientos partidarios.

 

  Con todo, el premier Ismail Haniyeh consiguió lo que ni Mahmud Abbas ni la fuerza militar de Israel lograron obtener: un acuerdo entre todas las organizaciones palestinas en torno a un período de “calma”. Y, de hecho, los ataques con cohetes Qassam a los poblados israelíes lindantes con la Franja de Gaza han cesado desde el día miércoles de la semana pasada. Además, la prensa palestina consigna que hubo un avance importante en la negociación dirigida a liberar a Gilad Shalit, el soldado israelí secuestrado el pasado 25 de junio. Egipto y Qatar, los países mediadores, presentaron una propuesta según la cual Shalit sería trasladado a territorio egipcio y, a cambio, Israel liberaría a 600 prisioneros palestinos, mayoritariamente mujeres, adolescentes, enfermos y presos que cumplieron gran parte de su período de detención.

  

 

La dirigencia palestina dio varios indicios de estar dispuesta a reanudar la vía negociadora con Israel. Esa sería la meta a la que conducirían el cese de la violencia, la devolución del soldado israelí y la formación de un gobierno de coalición Hamas-Fatah. Consultado por el diario Haaretz acerca de su disposición a entablar un diálogo directo con el gobierno del premier Olmert, Haniyeh contestó: “No hay problema con la negociación, pero Israel debe reconocer los derechos de los palestinos”.

   Como contrapartida, el gobierno israelí no ha abandonado las medidas de fuerza. Alrededor de 50 ministros, parlamentarios y políticos de Hamas fueron detenidos por el ejército de Israel desde la captura de Gilad Shalit en el sur de Gaza. Ehud Goldwaser y Eldad Regev, los dos soldados capturados por el Hezbolá muy cerca de la frontera con el Líbano, no han sido recuperados luego de la guerra librada en ese país. 

 

 La miniguerra que paralelamente el ejército llevó a cabo en Gaza, contra fuerzas mucho más precarias y débiles que Hezbolá, tampoco trajo aparejada la liberación de Shalit. Su secuestro –a juzgar por la visión oficial– la desencadenó, pero su resultado concreto puede medirse en la muerte de más de 200 palestinos, en gran proporción civiles desarmados. 

 

 El gobierno de Olmert, quien reconoció que su plan de retirada unilateral de Cisjordania es –hasta nuevo aviso– irrelevante, “se ha quedado sin estrategia política”. Así lo afirmó Ephraim Halevy, el ex titular del Mossad (Servicio de Inteligencia) y ex asesor de seguridad nacional. Si la alternativa de un acuerdo negociado también queda descartada, dado que desde la irrupción de la segunda Intifada, en octubre de 2000, “no hay con quién hablar”, mucho menos desde el triunfo electoral de Hamas, pues la respuesta la siguen dando los estrategas militares. No es casual, entonces, que Yuval Diskin, el titular del Servicio de Seguridad (Shabak), haya afirmado en la reunión del gobierno que tuvo lugar el pasado domingo: “El fortalecimiento de los factores terroristas en Gaza es un problema estratégico que, si no lo tratamos como corresponde, nos encontraremos dentro de 3-5 años ante una realidad similar a la existente en el Líbano”.     

La violación de la tregua  

NIKO SCHVARZ  

ISRAEL VIOLÓ el viernes y sábado la tregua que había comenzado a regir en el Líbano el lunes 14 tras 34 días de guerra, desencadenando ataques de su aviación y su ejército contra Baalbeck, en el valle de la Bekaa. La resolución sobre la tregua se dilató más de un mes en el Consejo de Seguridad porque EE.UU.  la vetó, con el fin de que Israel ganara terreno y dominara militarmente el sur del país. Condoleezza Rice llevó adelante esa política que costó muchas vidas humanas y destrucciones, que eran perfectamente evitables. La tregua se logró finalmente por el peso de la opinión internacional y gestiones de la diplomacia francesa, muy ligada al país de los cedros. 

 

 Cadáveres bajo los escombros

 

  El primer ministro libanés Fuad Siniora calificó los ataques israelíes a Baalbeck de “violación flagrante” de la resolución del Consejo de Seguridad. Lo mismo dijo Kofi Annan. Israel reiteró en el caso su conducta de violación de la ley internacional, asumida en decenas de oportunidades. Pretextos no faltan: que se intentó matar a un dirigente de Hezbolá (siguiendo la política de los asesinatos selectivos) o evitar el trasiego de armas desde Siria. En cambio en esos días no se disparó ninguna katiusha sobre territorio israelí. El Tsahal sigue evacuando lentamente el sur libanés, donde acumuló 30 mil hombres, y mantiene el bloqueo marítimo y aéreo del país.           

 Un balance primario, que destaca la responsabilidad conjunta de EEUU e Israel, indica que desde el 12 de julio la ofensiva israelí provocó más de 1.200 muertos y unos 3.700 heridos en el Líbano, un millón de desplazados y destrucciones evaluadas en 6 mil millones de dólares. En Israel, entre 300 mil y medio millón de personas debieron ser desplazadas del norte del país, unos 40 civiles murieron así como 119 soldados. El costo de la guerra para Israel, según el Yediot Aharonot, asciende a 5.700 millones de dólares, el 10% del presupuesto estatal y cerca de la mitad del asignado a Defensa.

           

 Aquí no terminan las muertes y destrucciones. Siguen apareciendo cadáveres bajo los escombros, principalmente en Beirut, donde gran cantidad de edificios, sobre todo en la parte sur, han sido arrasados. Al visitar el domingo esa zona, el primer ministro Siniora declaró: “Espero que los medios de comunicación internacionales trasmitan estas imágenes para mostrar al mundo este acto criminal, este crimen contra la humanidad que Israel cometió aquí y en otras regiones del Líbano”. En ellas, varias personas hallaron la muerte al pisar artefactos que no habían explotado. Quedan otros en esas condiciones, así como minas sembradas por el ejército israelí.

  Israel  secuestra más dirigentes palestinos

  Hay más todavía. El coordinador de asuntos humanitarios de Naciones Unidas, Jan Egeland, declaró que la situación humanitaria en Líbano sigue siendo “próxima a la catástrofe” y afirmó que Israel “habría hecho mejor reflexionando” antes de bombardear zonas habitadas por civiles.

           

  Al mismo tiempo, Israel mantiene abierto su segundo frente de guerra contra los palestinos, tanto en Gaza como en Cisjordania, donde incluso llegaron a bombardear campos de refugiados. El miércoles mataron a dos palestinos en la franja de Gaza y detuvieron a siete palestinos en Cisjordania.

           

  El sábado se produjo otro hecho de extrema gravedad: el secuestro en Ramalá del viceprimer ministro palestino Nasser Shaer. El domingo varios vehículos del ejército israelí rodearon el edificio, cerca de Ramalá, del secretario general del Parlamento palestino, Mamad Al Ramhi, y se lo llevaron detenido. Israel adujo como justificación la pertenencia de ambos al grupo Hamas. Estos secuestros se suman a otro hecho inaudito: el secuestro por el ejército israelí de gran parte del gobierno palestino, entre ellos 8 ministros, 24 diputados, decenas de alcaldes, en total más de seis decenas de dirigentes, también con el argumento de que pertenecían a Hamas, el sector al cual la ciudadanía palestina le confió la conducción del gobierno. El nuevo doble secuestro se produce cuando Hamas y el Fatah están llevando a cabo un proceso de discusión conjunta con el objetivo de unificar su acción.

 Amir Peretz: un segundo asalto

  El gobierno israelí decidió la invasión del Líbano, según dijo, para destruir la organización terrorista Hezbolá. Ante el fracaso de su ofensiva –tema de acerbos debates y críticas en Israel- el ministro de Defensa Amir Peretz declaró, según un comunicado oficial: “Nuestro deber es prepararnos para un segundo asalto contra Hezbolá”. O sea, reanudar la guerra. Entre tanto, ¿qué ha sucedido con Hezbolá?  El diario brasileño O Estado de Sâo Paulo dice en reciente  editorial que en la región “sólo el profeta Mahoma es más venerado que Hassan Nasralá, el número 1 de Hezbolá”.

  Publicado en La República, 22 de agosto 2006, pág. 16

LA MILICIA CHIITA ES UN CODIGO MORAL, UNA DOCTRINA RELIGIOSA Y UN SISTEMA DE COMBATE

 

Un viaje al rostro velado de Hezbolá 

El misterio rodea a la guerrilla libanesa, que ha librado un fuego continuo durante 33 días con Israel, hasta el cese de hostilidades que comienza su segunda semana. El enviado de Página/12 hizo visibles a esos hombres armados que parecen no estar en ninguna parte.

Por Eduardo Febbro - Desde Tiro y Bent Jbeil 

 

 Malak escucha con una expresión de ensueño los cantos que un altoparlante difunde en un codo del puerto de Tiro. El muchacho dice: “Cantar es una cosa medio ‘haram’ (impura), pero la música de Hezbolá, las canciones que evocan la guerra y la religión, están llenas de pureza”. El local que vende CD con los cantos, los discursos y las banderas de Hezbolá está pegado al barrio cristiano de Tiro, un laberinto de callejuelas nostálgicas donde la gente toma café y fuma el narguile en las veredas y en donde las esquinas están ornamentadas con estatuas de vírgenes iluminadas por la noche. En este cruce de creencias y bajo la sombra de la guerra civil libanesa derivada de la invasión israelí de 1982 se forjó uno de los grupos religiosos, políticos y militares más aguerridos de Medio Oriente. 

 

El Islam es su espina dorsal, el fin de la ocupación israelí, cualquiera sea su forma, su objeto central. El hermano de Malak, Haidar, un muchachón jocoso y bondadoso de 23 años, tiene su convicción bien construida. “Nosotros respetamos a Dios, Israel no. Usted lo ha visto: en los pueblitos del sur, cercanos a la frontera, Israel no dudó en bombardear las iglesias cuando creyó que los milicianos del Hezbolá se habían escondido ahí adentro”. Uno de sus primos, Hassan, sueña desde sus 12 años con tener un futuro con una pelota en el pie. Pero no se puede: “A mí me gustaría ser jugador de fútbol, pero si la guerra sigue prefiero combatir”.

 

Hezbolá es un código moral, una doctrina religiosa y un temible sistema estratégico de combate. La última incursión israelí ha dejado una prueba contundente que los dirigentes del Hezbolá ponen de relieve: en un país con un ejército de hojalata, sin entrenamiento y con armas que datan de la guerra de las dos Coreas, la dirigida por Hassan Nasralá es la única que cuenta con los medios de enfrentar a Israel, incluso a pesar de la superioridad tecnológica del Estado hebreo. Hezbolá es también una fuerza invisible, una suerte de magma que está en todas partes pero nunca deja huellas. Los simpatizantes del Hezbolá se muestran, sus milicianos son un ejército de las sombras. Hezbolá tiene dos caras: el Partido de Dios consta de instituciones y estructuras sociales apreciadas mucho más allá de los sectores chiítas: escuelas, dispensarios médicos, distribución de alimentos y artículos de primera necesidad, asistencia domiciliaria, medios de comunicación, unos 12 diputados electos en el Parlamento. 54 por ciento de los sunnitas y 46 por ciento de los cristianos apoyan a Hezbolá. Detrás de esas redes sociales existe una capa más impenetrable formada por una andamiaje político-religioso con un sólido brazo militar. Su líder, Hassan Nasralá, lleva puesto el turbante negro de los sayed, es decir, de los descendientes de Mahoma. El hombre posee un carisma inagotable y un arte de la estrategia militar reconocido por sus peores enemigos. Es, también, un bromista oportuno que cautiva a la multitud con sus discursos. Cuando a mediados de la ofensiva israelí el Estado hebreo hizo circular el rumor según el cual Nasralá estaba muerto, el líder apareció en la televisión levantando las manos como una prueba de que seguía en esta tierra. El hombre asumió la dirigencia de Hezbolá en 1992, luego del asesinato de Abas Mussaoui por parte de Israel. (...) Nasralá detesta las corrientes del Islam que llaman a la guerra santa o las nebulosas como Al Qaida. Para él, ambas desfiguran la esencia del Islam. Durante los bombardeos, Israel lanzó volantes para desprestigiar a este dirigente que nació en Beirut en los ’60 y estudió en la ciudad iraquí de Nayaf, lugar santo de los chiítas, hasta que fue expulsado por el régimen de Saddam Hussein. Los panfletos lo representaban como una serpiente a punto de comerse a los libaneses: “Apariencia dulce, venenoso en lo real”, decían los panfletos. Para Nasralá, que en 1997 perdió un hijo en los combates con el ejército israelí, Israel no es Israel, sino “la Palestina ocupada”. “Hezbolá es un hijo de la guerra, una consecuencia de la invasión israelí”, explica Fuad Hassan, un miembro de lo que él llama “la resistencia civil” del Hezbolá en la ciudad de Bent Jbeil. Los ríos profundos del Partido de Dios están en los suburbios chiítas de Beirut y estas colinas del sur del Líbano: pueblos de calles estrechas, huéspedes de colinas de terciopelo pero en cuyas entrañas palpita una fuerza que, según los simpatizantes de Hezbolá, Israel no supo ver. “Acá se preparó la guerra durante varios años, una guerra subterránea, cavada en las montañas, una guerra con dos escenarios: “La superficie, para engañar al enemigo, y la profundidad, para derrotarlo.” La frase de Hajj refleja una realidad inobjetable. El hombre rehúsa dar su nombre completo pero no la exhibición del orgullo por haber participado plenamente en lo que él llama “otro capítulo de la liberación”. 

La batalla del sur fue minuciosamente preparada por el movimiento chiíta. Hajj resalta: “Sabíamos que iban a venir, pero no en qué momento ni por qué. Nos preparamos con antelación y les ganamos”. Lo que Hezbolá considera como una victoria territorial se ha extendido al orden mundial en la boca de sus dirigentes nacionales. Hussein Nabulsi, portavoz de la guerrilla, dijo hace unos días: “El reloj avanza y no vuelve sobre sus pasos. Es nuestro tiempo, es el fin de la era de Estados Unidos e Israel en la región”. 

Las banderas y las pancartas amarillas de Hezbolá son un enjambre que decora todos los pueblos del sur. Pero sus hombres en armas no están en ninguna parte; sus cañones, invisibles, no apuntan hacia ningún lado. Sin embargo, las pruebas de la rudeza de los combates están a flor de piel en Bent Jbeil, Yarine y Aita Ach-Achaab. También están en Israel con las centenas de cohetes que Hezbolá disparaba cada día desde el sur del Líbano hacia el norte de Israel. Sonriente, en todo de burla, Hajj dice: “El que no ve no sabe contar...”. Los pueblitos bajo la influencia del movimiento islamista se suceden a un ritmo apenas entrecortado por los estrechos caminos entre las colinas y una que otra aldea cristiana del sur. Todo es limpio, disciplinado, discreto, fiel, invisible. Pero Hezbolá ha reemplazado al Estado libanés en casi todo el sur, principalmente en los pueblos fronterizos con Israel.

  

¿Dónde se entrenan sus combatientes? ¿Quién financia a Hezbolá? ¿Quién le provee las armas? ¿Cuántos son? ¿5000; 7000? Son secretos tan rígidos como la doctrina confesional que profesa. Un Islam obediente y en donde las mujeres llevan la cabeza cubierta. La prensa local estima que Hezbolá funciona con un presupuesto de 160 millones de dólares al año, en parte aportados por Irán, Siria y la diáspora libanesa. Para Estados Unidos e Israel Hezbolá es un grupo terrorista. En el Líbano, el movimiento es visto como “un movimiento nacionalista de resistencia y liberación nacional”, según afirma Hajj. 

Rostro público modelado por la actividad social y rostro entre telones diseñado por la religión y la guerra. No existe un acto o una fecha fundadora del Hezbolá. “Nació de una gestación lenta”, explica el sociólogo libanés Wadah Charara. No basta tener el corazón dispuesto a entregar la vida para ingresar a la milicia. “Es un proceso de selección exigente, donde se pasan pruebas severas. Se le puede encargar a alguien que espíe durante semanas una calle o un edificio para ver si es capaz de guardar el secreto”, cuenta Charara. Los combatientes de Hezbolá tienen prohibido hablar con la prensa y jamás cuentan una batalla. En los caminos del sur se los puede reconocer a veces porque casi siempre se desplazan en moto, llevan una suerte de mochila similar y andan con walkie-talkies. Son hombres de los túneles que sueñan con morir en mártires. Se los conoce a rostro descubierto luego de la muerte, cuando Hezbolá cuelga afiches con sus fotos y sus nombres en las aldeas del sur. 

La milicia sabe que no será desarmada, que su futuro está asegurado en un Líbano en el que podría sumarse al ejército nacional como una suerte de “ejército popular”, de columna de apoyo. Ali Fayad, un miembro de la dirigencia de Hezbolá autorizado a hablar, da uno de los ingredientes de la fórmula secreta. “Para nosotros, resistir es ganar.”

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