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COMISIÓN de APOYO al PUEBLO PALESTINO

Opinión y Análisis.

La frontera siria, al rojo vivo

La frontera siria, al rojo vivo

DAMASCO CORTO LA LUZ EN ESTE ENCLAVE DE NARCOS Y CONTRABANDISTAS

 

Los habitantes del valle de Bekaa viven como una maldición su proximidad con Siria, pero también sufren la devastación causada por el ejército israelí. Ante el posible despliegue de tropas internacionales, Damasco cerró parcialmente la frontera.

 

Por Eduardo Febbro -Desde Baalbek

 

Sábado 26 de Agosto de 2006 - Lejos del frente y en el centro de la guerra. Baalbek está desierta, vaciada por el éxodo de los habitantes de esta columna vertebral del Hezbolá bombardeada indiscriminadamente por la aviación y los helicópteros israelíes. Baalbek y su región, la planicie de la Bekaa, es lo que los libaneses llaman la segunda maldición del Líbano. La primera está en el sur, a lo largo de la frontera con Israel, hasta la meseta del Golán. La segunda está aquí, en la frontera con Siria. Baalbek es un punto de fractura mundial. Israel ejerce su presión sobre en el sur, Siria lo hace desde esta región de 125 mil habitantes situada al nordeste de Beirut.

 

Los servicios de inteligencia occidentales aseguran que la planicie de la Bekaa es el lugar por donde Siria suministra las armas del Hezbolá. Los habitantes conocen el rumor, y hasta la realidad del tráfico. Pero los labios están cosidos por el miedo. Haj Ahmed Raya, uno de los responsables del Hezbolá en Baalbek, sostiene que esas acusaciones son puras mentiras. "Es una versión elaborada por el Mossad y la CIA", dice el hombre. Pero cuando se le pregunta cuál es su versión, Ahmed Raya no responde y cambia de tema, habla de la Argentina, de la calidad humana de Buenos Aires que fue uno de los primeros países en enviar ayuda humanitaria al Líbano. Baalbek es la fundación mítica del Hezbolá. De esta región es oriundo el sheik Tufayli, el líder del movimiento chiíta a quien el ex presidente Carlos Menem acusó de haber planeado y cometido el atentado contra la sede de la AMIA.

 

Un vistazo a la geografía montañosa de la región basta para medir en silencio la polifonía problemática del conflicto. Fronteras, fundamentalismo, invasiones, armas, cultivos de opio, todo converge en la planicie de la Bekaa. La principal atracción turística de Baalbek son sus templos, un conjunto arquitectónico único construido por los romanos seis siglos antes de Jesucristo y que está ubicado al lado de la principal mezquita chiíta de la ciudad. En el centro del valle, la cúpula y las dos torres azules de la mezquita se superponen a las construcciones romanas. Por eso Baalbek está lejos de la frontera armada pero en el ojo del ciclón del conflicto de Medio Oriente. Israel invadió el Líbano por el sur, Siria lo hizo por el noroeste. La capital de la invasión siria no fue Beirut sino Baalbek.

 

La ciudad ofrece una imagen de éxodo porque la gente huyó durante los 34 días de bombardeos israelíes y aún no se anima a regresar. En este lugar donde reina una serenidad inspirada, el doctor Abu Kadara no logra olvidar lo que pasó, los bombardeos intensos, las víctimas civiles, las piedras de los templos romanos cayendo bajo la presión de las explosiones. "La guerra es una cosa sucia. La gente se fue y ahora el terror no la deja regresar. Como usted puede verlo, la mayoría de los negocios permanecen cerrados y hay barrios enteros que están vacíos." Abu Kadara es lúcido y hace un retrato del Líbano sin concesiones. "El Líbano tiene dos problemas y una salvación. Tenemos la frontera sur con Israel, la del nordeste con Siria y el mar Mediterráneo. En el sur tenemos problemas con Israel, y acá con Siria. Lo único que nos queda es el mar para partir."

 

Hoy, los problemas son presentes. Siria, que se opone al despliegue de la fuerza internacional, dejó al Líbano sin luz. Invocando un problema técnico, Damasco cortó el suministro de electricidad. Enemigo acérrimo de la presencia de tropas extranjeras a lo largo de las fronteras, el poder sirio amenazó incluso con cerrar totalmente su frontera con el Líbano. El cierre ya es parcial. Los camiones libaneses se quedaron sin atravesar la frontera y Damasco advirtió incluso a los choferes libaneses que recorren el eje Beirut-Damasco que si salían de su país era probable que no pudieran entrar.

 

Khalil Dbab escucha las noticias provenientes de Siria con ojos preocupados. Este ingeniero de Baalbek, sin trabajo desde hace casi dos meses por falta de luz debido a la guerra, se acuerda de los años de la ocupación siria con cierto horror. "Era como una dictadura. Nada se podía decir en voz alta porque enseguida había represalias. Si a uno se le ocurría hablar mal de Hafez al Assad (ex presidente sirio, padre del actual), enseguida lo ponían preso. Sin los sirios vivimos mejor. Hay más libertad. Esta es una ciudad atravesada por todas las corrientes, políticas y religiosas. Hay cristianos maronitas, sunnitas, chiítas. Antes nunca tuvimos problemas. No se puede negar que éste es un bastión del Hezbolá, pero eso no significa nada propiamente malo. Yo soy sunnita pero mis dos hermanas se casaron con chiítas. La guerra con Israel ha sido una maldición que atrajo otras maldiciones, entre ellas Siria."

 

En los tiempos de la dominación siria, de las mafias que controlaban los cultivos de opio y de los primeros rugidos del Hezbolá, Baalbek era distinta. Un valle agitado por otras sombras. Hoy parece más serena, más estratégica. La frontera próxima suscita las pesadillas de antaño. Pero el Hezbolá escruta los valles, los caminos secretos por donde, quizá, transiten sus armas y el dinero.

EL AJEDREZ DE LAS POTENCIAS REGIONALES

EL AJEDREZ DE LAS POTENCIAS REGIONALES

TRAS LA GUERRA, ANALISTAS EN BEIRUT EXPLICAN EL AJEDREZ DE LAS POTENCIAS REGIONALES

 

Teherán copó el escenario libanés

 

Siria pudo restaurar su influencia perdida gracias a la resistencia de Hezbolá, pero el principal apoyo de la guerrilla proviene de Teherán y Damasco es un cañón que Irán manipula a su antojo, según la opinión de dirigentes políticos entrevistados en Beirut. Por qué Líbano puede recuperar su autoridad territorial.

 

Por Eduardo Febbro - Desde Beirut

 

Jueves 24 de Agosto de 2006 - Una bruma de desolación y tristeza surge de la ruta cada vez que el auto cruza uno de los tantos puentes y rutas bombardeados por la aviación israelí entre el sur y la capital, Beirut. Ni el más brillante de los estrategas se animaría a explicar por qué tantos lugares sin importancia fueron destruidos: puentes modestos, caminos insignificantes. El Líbano duele en el alma. Un país multiconfesional, sin defensa, rodeado por dos Estados, Siria e Israel, que a lo largo de su historia han provocado las más inquietantes catástrofes. Detrás de estas dos potencias se mueven los hilos y los intereses de un fabuloso ajedrez mundial cuyos jugadores no son los protagonistas directos de la guerra sino otros: Estados Unidos e Irán. Washington empuja los peones de Israel e Irán los de Siria.

 

La guerra entre Israel y el Hezbolá le permitió a Siria iniciar la restauración de su perdida influencia en el Líbano y a Irán afianzar su predominio regional. Teherán es el principal apoyo del Hezbolá, el Hezbolá es el enemigo central de Israel, Estados Unidos es el pulmón exterior del Estado hebreo y Siria un cañón que Teherán mueve a su antojo, según el curso de la geopolítica mundial. Todos esos actores convergen en el Líbano para hacer de este amable país una nación herida. Elías Atalá, dirigente de la Izquierda Democrática, admite que no se puede negar la influencia de Irán. "Afirmar que esa injerencia no existe es falso. El Hezbolá es la vanguardia del proyecto iraní que apunta a que el frente líbano-israelí permanezca abierto. Ello puede servir los intereses de Teherán en su postura frente a Occidente en todo lo que atañe a su proyecto nuclear." El diputado libanés recuerda oportunamente que el Hezbolá mantiene lazos estrechos con Irán y que, en esa relación, Siria es un intermediario inevitable: "El movimiento chiíta permanece fiel al papel militar e ideológico que Irán le asignó. Hezbolá se beneficia también con las capacidades logísticas y militares de Irán que Teherán suministra a través del régimen sirio". Para Walid Jumblat, diputado druso y jefe del Partido Socialista Progresista, ese esquema es la peor cosa que pudo ocurrirle al Líbano. Jumblat piensa que Irán ha negociado su programa nuclear bajo los escombros de la guerra israelí-libanesa. "Puede admitirse que lo que ha ocurrido desde el 12 de julio le permitió al Hezbolá romper la invencibilidad de Israel, pero esto se inscribe en el juego de Siria e Irán. Teherán negocia sobre las tierras quemadas del Líbano la continuación de su programa nuclear." Para Jumblat, que expresa un odio sin reservas a cualquier evocación de Siria, el Líbano es, de nuevo, un campo de experimentos para las fuerzas extranjeras.

 

El poder libanés está dividido entre los pro y los antisirios. En febrero de 2005, el atentado de que fue víctima el ex primer ministro libanés Rafia Hariri le costó a Damasco su presencia en territorio libanés. La comunidad internacional, en particular Francia y Estados Unidos, acusó a Siria de haber organizado el atentado de Hariri. La presión fue tan fuerte que, en abril de 2005, Siria tuvo que acelerar la evacuación completa de las tropas que mantenía en territorio libanés desde hacia más de treinta años. La ofensiva israelí le entreabrió a Damasco las puertas de un Líbano fragilizado, expuesto militarmente a cualquier empresa. La guerra también esboza otro futuro posible: por primera vez en los últimos cuarenta años, a pesar de sus escasos medios y de las directas influencias regionales, el Líbano puede soñar con recuperar la autoridad territorial perdida. The Daily Star, diario libanés escrito en inglés, comentaba al respecto que la incursión Israelí cambiaba el orden del juego: "Esto terminó con la situación que imperaba desde fines de los años ’60, cuando el Estado perdió el control del sur del Líbano". Aunque no lo dicen públicamente, algunos hombres políticos libaneses vaticinan en privado una reconfiguración completa del mapa regional. Para ellos, al salir del Líbano sin una victoria, Israel les dio a Irán y Siria un peso mayor al que tenían. Otros interlocutores arguyen lo contrario y resaltan que es Beirut quien salió de las sombras: la resolución 1701 no sólo le permitió recuperar el sur fronterizo, sino también la voz para oponerse a los dictámenes sirios.

 

Queda, no obstante, el elemento central: la reafirmación del Hezbolá como fuerza militar inevitable y como lazo de unión nacional. El Hezbolá era un actor fuerte, pero la forma en que gestionó la ofensiva israelí lo propulsó a otro plano. Elías el Jury, analista del diario An Nahar, reconoce sin vueltas los beneficios que sacó el Hezbolá: "Ha logrado que haya un consenso en el país con respecto a Israel". Y no es todo. El primer ministro libanés, Fuad Siniora, introdujo los objetivos del Hezbolá en el plan que elaboró para poner término al conflicto. Israel-Palestina-Líbano-Siria-Irán-Israel-Estados Unidos. Alrededor de este escenario lleno de primeros planos aparecen otras guerras de influencia que no son ajenas al engranaje actual. El prolongado silencio de los países árabes muestra las ambivalencias de las mismas naciones árabes cuando se trata de defender a uno de los suyos. Las famosas pero ya olvidadas caricaturas de Mahoma publicadas por la prensa internacional levantaron una ola de manifestaciones y reacciones diplomáticas árabes un millón de veces más poderosas que los mil muertos civiles libaneses. La mayoría de los países árabes son sunnitas. Los tres grandes mediadores de la región, Egipto, Jordania y Arabia Saudita, mantuvieron un prolongado silencio. En medio de los bombardeos, Arabia Saudita condenó el "aventurerismo" del Hezbolá. El programa nuclear de un régimen chiíta como Irán es una obsesión para un régimen sunnita como el saudita. Israel parece al final como el actor que, en nombre de su seguridad, juega la pieza de otros autores.

La paz se firma con el enemigo

La paz se firma con el enemigo

Por Alejandro Horowicz *

 

 

¿De qué discutimos cuando analizamos la invasión israelí al Líbano? ¿De autodefensa? ¿Será cierto?

 

Viernes 25 de Agosto de 2006 Veamos. Como Hezbolá capturó soldados israelíes, ese ejército toma represalias. La lógica de la guerra impone devolver el golpe empujando la mano del enemigo a contragolpear, hasta que uno de los contendientes tenga dificultades para proseguir, y por tanto renuncie a continuar esa política, pida un armisticio e inicie negociaciones de paz. Así es una política de autodefensa.

 

¿Tras 33 días de combate, es ésa la situación? ¿Un vencedor militar impuso sus términos políticos y conquistó alguna clase de paz?

 

Todos sabemos que la guerra continuará, que esta escena es la repetición de una serie tan larga que abruma.

 

En verdad, la guerra no lleva 33 días, sino décadas. ¿En qué se diferenciará el próximo programa de "autodefensa" israelí, del anterior? Y si no se diferencia, ¿es una política adecuada?

 

Volvamos a empezar. La guerra entre ambos bandos aportó la paz del ’78 con Egipto, la del ’94 con Jordania, y las negociaciones entre Yitzhak Rabin y Yasser Arafat. Todo parecía encaminarse hacia una solución no militar, hasta que el 4 de noviembre de 1995 Rabin cayó delante de los ojos de miles de testigos.

 

La muerte del premier israelí fue más que un asesinato, fue un golpe de Estado. Por cierto, el brillante general había cometido un error de evaluación: comandar la guerra no es igual que comandar la paz. La sociedad israelí no estaba, no está, preparada para la paz. Rabin no la preparó en esa dirección y pagó el error con su vida.

 

El equilibrio parlamentario del poder cambió y los instigadores –esa derecha cortita y ciega– enterraron la solución estratégica de Rabin: la larga marcha junto a Arafat. El golpe cobró otra víctima: la dirección de la OLP. Para sus combatientes la cosa era clara: no se podía confiar en una salida negociada, no se podía confiar en los políticos israelíes, que deshacían lo pactado hasta ayer. La desesperación ganó a sus bases. Las condiciones políticas de la Franja de Gaza se volvieron intolerables, por la continua humillación del control diario, junto al implacable hostigamiento militar israelí. La intifada palestina sobredemostró la degradación del proceso político. De esas condiciones, creadas por el gobierno de un peligroso imbécil, Benjamín Netanyahu, surge Hamas. Es decir, la ciega voluntad de testimoniar con violencia suicida y asesina las condiciones de oprobio e indignidad a que es sometido el pueblo palestino.

 

El retroceso no tuvo vuelta atrás, ni siquiera con el retorno laborista al gobierno. La calesita electoral reubicó a Ariel Sharon en un gobierno encabezado por el Likud, partido de la derecha liberal.

 

Así como Rabin era un estratega, Sharon era un oficial de inteligencia manchado de sangre. Pero debemos admitir que conocía su terrible oficio y que había llegado a la sensata convicción de que ese camino no aportaba seguridad. Y, contra lo que todos esperaban, pateó el tablero político. Sacó a los colonos de territorios ocupados. El nuevo eje era la paz. Invitó a todos los que compartían su propuesta a sumarse a Kadima y ganó las elecciones del 2005. Después entró en coma y lo que vino se lee todos los días en los diarios.

 

El problema de Medio Oriente no tiene solución militar. Exterminar al enemigo únicamente es posible cuando cada combatiente que cae no tiene reposición; de lo contrario esa política no sólo no lo extermina, sino que recluta militantes cada vez más convencidos de la lucha armada.

 

El gobierno de Israel ejecuta una política inconsistente; al detener el fuego en Líbano admite implícitamente que no hay solución militar, pero descree de la solución política. Rechaza la posibilidad de paz.

 

Pues bien, la paz sólo la pueden hacer los que están en guerra. Ayer se firmó con Egipto y Jordania, cuyos dirigentes sostuvieron que era preciso arrojar a los judíos al mar. Hoy se debe iniciar el diálogo con el enemigo actual. La paz se firma con el enemigo. De lo contrario, el tobogán de esa guerra deriva en una práctica genocida. Como judíos nos debe doler y ofender esta terrible palabra. Pero no alcanza con negarla.

 

Una solicitada firmada por millares de hombres y mujeres, judíos y no judíos, denunció la invasión al Líbano. Yo escribí ese texto y lo hice sostenido en el razonamiento que acaban de leer. Parte de mi familia paterna fundó Israel, amigos entrañables habitan su suelo. Nada deseo más que respaldarlos para que vivan con todos los pueblos de la región en razonable coexistencia.

 

Pero el mayor peligro para la existencia del Estado de Israel reside en su actual gobierno. Por eso, no reír, no llorar, simplemente entender. Aunque duela.

 

* Analista político, periodista

ANÁLISIS y OPINIÓN

ANÁLISIS  y  OPINIÓN GUERRA DISCURSIVA - Por Washington Uranga

*  LOS PALESTINOS DAN SEÑALES EN EL SENTIDO DE NEGOCIAR CON ISRAEL - Por Sergio Rotbart   

*  LA VIOLACIÓN DE LA TREGUA – Por Niko Schvarz   

*  UN VIAJE AL ROSTRO VELADO DE HEZBOLÁ - Por Eduardo Febbro    

Martes 22 de Agosto de 2006

 GUERRA DISCURSIVA

 

  Por Washington Uranga

  

Nada descubrimos si afirmamos que la guerra se concreta tanto en el campo de batalla físico, con todos los medios tecnológicos de gran capacidad de destrucción, en el cuerpo a cuerpo, pero también en el terreno discursivo y simbólico. Por eso es interesante observar cuáles son los argumentos que hoy se manejan en este terreno a propósito de la conflagración en Líbano. Desde muchos frentes, en particular del norteamericano a través de George Bush se ha pretendido instalar la imagen de una guerra religiosa, apoyándose también el discurso de los fundamentalistas islámicos. ¿Existe tal guerra religiosa? Nada indica que así sea. Sí existe, en cambio, una justificación religiosa de una guerra que, como siempre, es por intereses económicos y de poder. Ni el Estado de Israel ni el Líbano ni Hezbolá se mueven por motivos religiosos. Combaten por territorio, por riquezas, por poder y, por cierto, encuentran en lo religioso una cuota adicional para alimentar la disputa que alimenta el espíritu de combate, agrega mística y sublima hasta la inevitable tragedia de la muerte, permitiendo asimilarla, comprenderla y justificarla. Ninguna de las tradiciones religiosas más importantes de la historia de la humanidad, incluyendo allí a judíos, musulmanes y cristianos, sostiene válidamente la invocación a Dios para acabar con la vida. El martirio es una consecuencia no deseada –aunque reconocida y valorada– de la búsqueda de la vida. Por esta misma razón es dudoso que puedan ser considerados mártires quienes pierden su vida para provocar más muertes. 

 

 Los discursos norteamericano y británico siguen utilizando ahora los mismos recursos que en su momento se usaron en la Guerra Fría para “construir el enemigo”. Ayer eran “comunistas” y hoy son “musulmanes”. Curiosamente los enemigos de ayer eran “ateos” y hoy son “religiosos fundamentalistas islámicos”. El argumento de ayer era salvar de la “agresión comunista y atea” al mundo “occidental y cristiano”. Hoy los “agresores” son árabes y musulmanes, que son creyentes, pero “fundamentalistas” y ponen en peligro a la “civilización judeo-cristiana y occidental”. ¿Quiénes son más fundamentalistas? Sería difícil precisarlo. Para la potencia hegemónica del mundo la condición de árabe y de musulmán equivale a la de “terrorista” y esto justifica cualquier “acción preventiva” de los guardianes del orden mundial. Y si no es así que lo digan muchos de los detenidos en la “espectacular” acción “antiterrorista” anunciada en Londres: todos ellos tienen en común sus raíces árabes o musulmanas pero la mayoría de los que harían volar aviones en pedazos no tienen pasaportes, nunca sacaron pasajes para los vuelos en los que habrían de cometer los atentados y no se les pueden probar las actividades de las que se los acusa. En América Latina, donde culturalmente la mayoría sigue siendo cristiana, la acusación se traslada a otro campo: el enemigo es el “narcotráfico” y todos aquellos que se oponen al sistema son “narcotraficantes”. Por eso la DEA se encarga del “fortalecimiento de la democracia” a través del combate al narcotráfico. 

 

 La guerra nunca sirve para construir la paz. Los mísiles y las bombas no dialogan. Los que usan la guerra como recurso para seguir imponiendo su poder, cualquiera que éste sea, necesitan también construir el enemigo discursivamente. Eso es lo que hicieron antes y lo que siguen haciendo ahora. Los enemigos antes eran “ateos” y ahora son “fanáticos religiosos”, antes eran “comunistas” y ahora son “terroristas” o “narcotraficantes”. No cambia lo esencial que es nombrarlos de manera tal que se justifique su aniquilación por cualquier método.       

Martes 22 de Agosto de 2006   

Los palestinos dan señales en el sentido de negociar con Israel 

 

 Por Sergio Rotbart - Desde Tel Aviv

 La semana pasada el titular de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abbas, permaneció tres días en Gaza para dialogar en forma prolongada con los líderes del Hamas. Por primera vez desde las últimas elecciones, Abbas reunió al Consejo de Seguridad Nacional de la AP. Por parte del movimiento islamista participaron en el alto foro el primer ministro, Ismail Haniyeh, y el ministro del Interior, Saeed Seyam, responsable de los aparatos de seguridad. El tema más importante de las conversaciones entre los líderes de las dos principales corrientes políticas palestinas fue la posible formación de un gobierno de unidad, una opción que podría poner fin al embargo que muchos países decretaron contra el gobierno de Hamas. Con la incorporación de Al Fatah, el partido liderado por Abbas, la coalición gobernante adoptaría un matiz mucho más potable ante la mirada de la comunidad internacional. 

 

 El esfuerzo negociador, hasta ahora, no dio resultados positivos. Cada una de las partes demanda de la otra condiciones de alto precio. Abbas le exige a Hamas el reconocimiento expreso de Israel y de los acuerdos que este país firmó con la OLP, además de la renuncia a la violencia. Haniyeh, por su parte, reclama que Hamas siga encabezando el futuro gobierno de unidad y que los ministros del movimiento conserven la mayoría. Azam el Ahmad, dirigente de Al Fatah, le contestó: “Exigimos ser socios plenos del gobierno, no aceptaremos ser un simple agregado”. Con la intención de encontrar una eventual salida a la crisis de las negociaciones, el miembro independiente del Consejo Legislativo (Parlamento) Ziad Abu-Amar reflotó una vieja idea: crear un “gobierno de expertos”, presuntamente libre de condicionamientos partidarios.

 

  Con todo, el premier Ismail Haniyeh consiguió lo que ni Mahmud Abbas ni la fuerza militar de Israel lograron obtener: un acuerdo entre todas las organizaciones palestinas en torno a un período de “calma”. Y, de hecho, los ataques con cohetes Qassam a los poblados israelíes lindantes con la Franja de Gaza han cesado desde el día miércoles de la semana pasada. Además, la prensa palestina consigna que hubo un avance importante en la negociación dirigida a liberar a Gilad Shalit, el soldado israelí secuestrado el pasado 25 de junio. Egipto y Qatar, los países mediadores, presentaron una propuesta según la cual Shalit sería trasladado a territorio egipcio y, a cambio, Israel liberaría a 600 prisioneros palestinos, mayoritariamente mujeres, adolescentes, enfermos y presos que cumplieron gran parte de su período de detención.

  

 

La dirigencia palestina dio varios indicios de estar dispuesta a reanudar la vía negociadora con Israel. Esa sería la meta a la que conducirían el cese de la violencia, la devolución del soldado israelí y la formación de un gobierno de coalición Hamas-Fatah. Consultado por el diario Haaretz acerca de su disposición a entablar un diálogo directo con el gobierno del premier Olmert, Haniyeh contestó: “No hay problema con la negociación, pero Israel debe reconocer los derechos de los palestinos”.

   Como contrapartida, el gobierno israelí no ha abandonado las medidas de fuerza. Alrededor de 50 ministros, parlamentarios y políticos de Hamas fueron detenidos por el ejército de Israel desde la captura de Gilad Shalit en el sur de Gaza. Ehud Goldwaser y Eldad Regev, los dos soldados capturados por el Hezbolá muy cerca de la frontera con el Líbano, no han sido recuperados luego de la guerra librada en ese país. 

 

 La miniguerra que paralelamente el ejército llevó a cabo en Gaza, contra fuerzas mucho más precarias y débiles que Hezbolá, tampoco trajo aparejada la liberación de Shalit. Su secuestro –a juzgar por la visión oficial– la desencadenó, pero su resultado concreto puede medirse en la muerte de más de 200 palestinos, en gran proporción civiles desarmados. 

 

 El gobierno de Olmert, quien reconoció que su plan de retirada unilateral de Cisjordania es –hasta nuevo aviso– irrelevante, “se ha quedado sin estrategia política”. Así lo afirmó Ephraim Halevy, el ex titular del Mossad (Servicio de Inteligencia) y ex asesor de seguridad nacional. Si la alternativa de un acuerdo negociado también queda descartada, dado que desde la irrupción de la segunda Intifada, en octubre de 2000, “no hay con quién hablar”, mucho menos desde el triunfo electoral de Hamas, pues la respuesta la siguen dando los estrategas militares. No es casual, entonces, que Yuval Diskin, el titular del Servicio de Seguridad (Shabak), haya afirmado en la reunión del gobierno que tuvo lugar el pasado domingo: “El fortalecimiento de los factores terroristas en Gaza es un problema estratégico que, si no lo tratamos como corresponde, nos encontraremos dentro de 3-5 años ante una realidad similar a la existente en el Líbano”.     

La violación de la tregua  

NIKO SCHVARZ  

ISRAEL VIOLÓ el viernes y sábado la tregua que había comenzado a regir en el Líbano el lunes 14 tras 34 días de guerra, desencadenando ataques de su aviación y su ejército contra Baalbeck, en el valle de la Bekaa. La resolución sobre la tregua se dilató más de un mes en el Consejo de Seguridad porque EE.UU.  la vetó, con el fin de que Israel ganara terreno y dominara militarmente el sur del país. Condoleezza Rice llevó adelante esa política que costó muchas vidas humanas y destrucciones, que eran perfectamente evitables. La tregua se logró finalmente por el peso de la opinión internacional y gestiones de la diplomacia francesa, muy ligada al país de los cedros. 

 

 Cadáveres bajo los escombros

 

  El primer ministro libanés Fuad Siniora calificó los ataques israelíes a Baalbeck de “violación flagrante” de la resolución del Consejo de Seguridad. Lo mismo dijo Kofi Annan. Israel reiteró en el caso su conducta de violación de la ley internacional, asumida en decenas de oportunidades. Pretextos no faltan: que se intentó matar a un dirigente de Hezbolá (siguiendo la política de los asesinatos selectivos) o evitar el trasiego de armas desde Siria. En cambio en esos días no se disparó ninguna katiusha sobre territorio israelí. El Tsahal sigue evacuando lentamente el sur libanés, donde acumuló 30 mil hombres, y mantiene el bloqueo marítimo y aéreo del país.           

 Un balance primario, que destaca la responsabilidad conjunta de EEUU e Israel, indica que desde el 12 de julio la ofensiva israelí provocó más de 1.200 muertos y unos 3.700 heridos en el Líbano, un millón de desplazados y destrucciones evaluadas en 6 mil millones de dólares. En Israel, entre 300 mil y medio millón de personas debieron ser desplazadas del norte del país, unos 40 civiles murieron así como 119 soldados. El costo de la guerra para Israel, según el Yediot Aharonot, asciende a 5.700 millones de dólares, el 10% del presupuesto estatal y cerca de la mitad del asignado a Defensa.

           

 Aquí no terminan las muertes y destrucciones. Siguen apareciendo cadáveres bajo los escombros, principalmente en Beirut, donde gran cantidad de edificios, sobre todo en la parte sur, han sido arrasados. Al visitar el domingo esa zona, el primer ministro Siniora declaró: “Espero que los medios de comunicación internacionales trasmitan estas imágenes para mostrar al mundo este acto criminal, este crimen contra la humanidad que Israel cometió aquí y en otras regiones del Líbano”. En ellas, varias personas hallaron la muerte al pisar artefactos que no habían explotado. Quedan otros en esas condiciones, así como minas sembradas por el ejército israelí.

  Israel  secuestra más dirigentes palestinos

  Hay más todavía. El coordinador de asuntos humanitarios de Naciones Unidas, Jan Egeland, declaró que la situación humanitaria en Líbano sigue siendo “próxima a la catástrofe” y afirmó que Israel “habría hecho mejor reflexionando” antes de bombardear zonas habitadas por civiles.

           

  Al mismo tiempo, Israel mantiene abierto su segundo frente de guerra contra los palestinos, tanto en Gaza como en Cisjordania, donde incluso llegaron a bombardear campos de refugiados. El miércoles mataron a dos palestinos en la franja de Gaza y detuvieron a siete palestinos en Cisjordania.

           

  El sábado se produjo otro hecho de extrema gravedad: el secuestro en Ramalá del viceprimer ministro palestino Nasser Shaer. El domingo varios vehículos del ejército israelí rodearon el edificio, cerca de Ramalá, del secretario general del Parlamento palestino, Mamad Al Ramhi, y se lo llevaron detenido. Israel adujo como justificación la pertenencia de ambos al grupo Hamas. Estos secuestros se suman a otro hecho inaudito: el secuestro por el ejército israelí de gran parte del gobierno palestino, entre ellos 8 ministros, 24 diputados, decenas de alcaldes, en total más de seis decenas de dirigentes, también con el argumento de que pertenecían a Hamas, el sector al cual la ciudadanía palestina le confió la conducción del gobierno. El nuevo doble secuestro se produce cuando Hamas y el Fatah están llevando a cabo un proceso de discusión conjunta con el objetivo de unificar su acción.

 Amir Peretz: un segundo asalto

  El gobierno israelí decidió la invasión del Líbano, según dijo, para destruir la organización terrorista Hezbolá. Ante el fracaso de su ofensiva –tema de acerbos debates y críticas en Israel- el ministro de Defensa Amir Peretz declaró, según un comunicado oficial: “Nuestro deber es prepararnos para un segundo asalto contra Hezbolá”. O sea, reanudar la guerra. Entre tanto, ¿qué ha sucedido con Hezbolá?  El diario brasileño O Estado de Sâo Paulo dice en reciente  editorial que en la región “sólo el profeta Mahoma es más venerado que Hassan Nasralá, el número 1 de Hezbolá”.

  Publicado en La República, 22 de agosto 2006, pág. 16

LA MILICIA CHIITA ES UN CODIGO MORAL, UNA DOCTRINA RELIGIOSA Y UN SISTEMA DE COMBATE

 

Un viaje al rostro velado de Hezbolá 

El misterio rodea a la guerrilla libanesa, que ha librado un fuego continuo durante 33 días con Israel, hasta el cese de hostilidades que comienza su segunda semana. El enviado de Página/12 hizo visibles a esos hombres armados que parecen no estar en ninguna parte.

Por Eduardo Febbro - Desde Tiro y Bent Jbeil 

 

 Malak escucha con una expresión de ensueño los cantos que un altoparlante difunde en un codo del puerto de Tiro. El muchacho dice: “Cantar es una cosa medio ‘haram’ (impura), pero la música de Hezbolá, las canciones que evocan la guerra y la religión, están llenas de pureza”. El local que vende CD con los cantos, los discursos y las banderas de Hezbolá está pegado al barrio cristiano de Tiro, un laberinto de callejuelas nostálgicas donde la gente toma café y fuma el narguile en las veredas y en donde las esquinas están ornamentadas con estatuas de vírgenes iluminadas por la noche. En este cruce de creencias y bajo la sombra de la guerra civil libanesa derivada de la invasión israelí de 1982 se forjó uno de los grupos religiosos, políticos y militares más aguerridos de Medio Oriente. 

 

El Islam es su espina dorsal, el fin de la ocupación israelí, cualquiera sea su forma, su objeto central. El hermano de Malak, Haidar, un muchachón jocoso y bondadoso de 23 años, tiene su convicción bien construida. “Nosotros respetamos a Dios, Israel no. Usted lo ha visto: en los pueblitos del sur, cercanos a la frontera, Israel no dudó en bombardear las iglesias cuando creyó que los milicianos del Hezbolá se habían escondido ahí adentro”. Uno de sus primos, Hassan, sueña desde sus 12 años con tener un futuro con una pelota en el pie. Pero no se puede: “A mí me gustaría ser jugador de fútbol, pero si la guerra sigue prefiero combatir”.

 

Hezbolá es un código moral, una doctrina religiosa y un temible sistema estratégico de combate. La última incursión israelí ha dejado una prueba contundente que los dirigentes del Hezbolá ponen de relieve: en un país con un ejército de hojalata, sin entrenamiento y con armas que datan de la guerra de las dos Coreas, la dirigida por Hassan Nasralá es la única que cuenta con los medios de enfrentar a Israel, incluso a pesar de la superioridad tecnológica del Estado hebreo. Hezbolá es también una fuerza invisible, una suerte de magma que está en todas partes pero nunca deja huellas. Los simpatizantes del Hezbolá se muestran, sus milicianos son un ejército de las sombras. Hezbolá tiene dos caras: el Partido de Dios consta de instituciones y estructuras sociales apreciadas mucho más allá de los sectores chiítas: escuelas, dispensarios médicos, distribución de alimentos y artículos de primera necesidad, asistencia domiciliaria, medios de comunicación, unos 12 diputados electos en el Parlamento. 54 por ciento de los sunnitas y 46 por ciento de los cristianos apoyan a Hezbolá. Detrás de esas redes sociales existe una capa más impenetrable formada por una andamiaje político-religioso con un sólido brazo militar. Su líder, Hassan Nasralá, lleva puesto el turbante negro de los sayed, es decir, de los descendientes de Mahoma. El hombre posee un carisma inagotable y un arte de la estrategia militar reconocido por sus peores enemigos. Es, también, un bromista oportuno que cautiva a la multitud con sus discursos. Cuando a mediados de la ofensiva israelí el Estado hebreo hizo circular el rumor según el cual Nasralá estaba muerto, el líder apareció en la televisión levantando las manos como una prueba de que seguía en esta tierra. El hombre asumió la dirigencia de Hezbolá en 1992, luego del asesinato de Abas Mussaoui por parte de Israel. (...) Nasralá detesta las corrientes del Islam que llaman a la guerra santa o las nebulosas como Al Qaida. Para él, ambas desfiguran la esencia del Islam. Durante los bombardeos, Israel lanzó volantes para desprestigiar a este dirigente que nació en Beirut en los ’60 y estudió en la ciudad iraquí de Nayaf, lugar santo de los chiítas, hasta que fue expulsado por el régimen de Saddam Hussein. Los panfletos lo representaban como una serpiente a punto de comerse a los libaneses: “Apariencia dulce, venenoso en lo real”, decían los panfletos. Para Nasralá, que en 1997 perdió un hijo en los combates con el ejército israelí, Israel no es Israel, sino “la Palestina ocupada”. “Hezbolá es un hijo de la guerra, una consecuencia de la invasión israelí”, explica Fuad Hassan, un miembro de lo que él llama “la resistencia civil” del Hezbolá en la ciudad de Bent Jbeil. Los ríos profundos del Partido de Dios están en los suburbios chiítas de Beirut y estas colinas del sur del Líbano: pueblos de calles estrechas, huéspedes de colinas de terciopelo pero en cuyas entrañas palpita una fuerza que, según los simpatizantes de Hezbolá, Israel no supo ver. “Acá se preparó la guerra durante varios años, una guerra subterránea, cavada en las montañas, una guerra con dos escenarios: “La superficie, para engañar al enemigo, y la profundidad, para derrotarlo.” La frase de Hajj refleja una realidad inobjetable. El hombre rehúsa dar su nombre completo pero no la exhibición del orgullo por haber participado plenamente en lo que él llama “otro capítulo de la liberación”. 

La batalla del sur fue minuciosamente preparada por el movimiento chiíta. Hajj resalta: “Sabíamos que iban a venir, pero no en qué momento ni por qué. Nos preparamos con antelación y les ganamos”. Lo que Hezbolá considera como una victoria territorial se ha extendido al orden mundial en la boca de sus dirigentes nacionales. Hussein Nabulsi, portavoz de la guerrilla, dijo hace unos días: “El reloj avanza y no vuelve sobre sus pasos. Es nuestro tiempo, es el fin de la era de Estados Unidos e Israel en la región”. 

Las banderas y las pancartas amarillas de Hezbolá son un enjambre que decora todos los pueblos del sur. Pero sus hombres en armas no están en ninguna parte; sus cañones, invisibles, no apuntan hacia ningún lado. Sin embargo, las pruebas de la rudeza de los combates están a flor de piel en Bent Jbeil, Yarine y Aita Ach-Achaab. También están en Israel con las centenas de cohetes que Hezbolá disparaba cada día desde el sur del Líbano hacia el norte de Israel. Sonriente, en todo de burla, Hajj dice: “El que no ve no sabe contar...”. Los pueblitos bajo la influencia del movimiento islamista se suceden a un ritmo apenas entrecortado por los estrechos caminos entre las colinas y una que otra aldea cristiana del sur. Todo es limpio, disciplinado, discreto, fiel, invisible. Pero Hezbolá ha reemplazado al Estado libanés en casi todo el sur, principalmente en los pueblos fronterizos con Israel.

  

¿Dónde se entrenan sus combatientes? ¿Quién financia a Hezbolá? ¿Quién le provee las armas? ¿Cuántos son? ¿5000; 7000? Son secretos tan rígidos como la doctrina confesional que profesa. Un Islam obediente y en donde las mujeres llevan la cabeza cubierta. La prensa local estima que Hezbolá funciona con un presupuesto de 160 millones de dólares al año, en parte aportados por Irán, Siria y la diáspora libanesa. Para Estados Unidos e Israel Hezbolá es un grupo terrorista. En el Líbano, el movimiento es visto como “un movimiento nacionalista de resistencia y liberación nacional”, según afirma Hajj. 

Rostro público modelado por la actividad social y rostro entre telones diseñado por la religión y la guerra. No existe un acto o una fecha fundadora del Hezbolá. “Nació de una gestación lenta”, explica el sociólogo libanés Wadah Charara. No basta tener el corazón dispuesto a entregar la vida para ingresar a la milicia. “Es un proceso de selección exigente, donde se pasan pruebas severas. Se le puede encargar a alguien que espíe durante semanas una calle o un edificio para ver si es capaz de guardar el secreto”, cuenta Charara. Los combatientes de Hezbolá tienen prohibido hablar con la prensa y jamás cuentan una batalla. En los caminos del sur se los puede reconocer a veces porque casi siempre se desplazan en moto, llevan una suerte de mochila similar y andan con walkie-talkies. Son hombres de los túneles que sueñan con morir en mártires. Se los conoce a rostro descubierto luego de la muerte, cuando Hezbolá cuelga afiches con sus fotos y sus nombres en las aldeas del sur. 

La milicia sabe que no será desarmada, que su futuro está asegurado en un Líbano en el que podría sumarse al ejército nacional como una suerte de “ejército popular”, de columna de apoyo. Ali Fayad, un miembro de la dirigencia de Hezbolá autorizado a hablar, da uno de los ingredientes de la fórmula secreta. “Para nosotros, resistir es ganar.”

“Volvimos al ojo por ojo”

“Volvimos al ojo por ojo”

Por Mohsen Ali *

Aquí hay que hablar de cese al fuego porque la paz todavía no se ha alcanzado. También de la agresión israelí al Líbano y las causas que la motivaron. Si la intención de Israel era acabar con el aparato de Hezbolá, no ganó. Si la intención era matar al jefe de Hezbolá, tampoco pudo hacerlo. Si la intención era dejar incomunicado a Hezbolá, tampoco lo logró ya que la emisora de Hezbolá continuó con su programación. Si la intención era recuperar a los dos soldados capturados –no secuestrados ya que estaban en una tierra que no era de ellos–, tampoco lo ha logrado y eso es una derrota. Si la intención era atraer a la opinión pública internacional a su favor, fue una derrota ética y moral. Pero si la intención era bombardear indiscriminadamente al Líbano, lo logró. Aquí hay grandes perdedores. Hoy Israel tiene que volver a la misma frontera que tenía un mes atrás, con un saldo enorme de muertes. Esto es una derrota militar. Desde el punto de vista humano, fueron los cientos de civiles muertos. La muerte de un civil nunca tiene justificación; nunca podríamos apoyar esto. La especie humana ha perdido; hemos retrocedido en el tiempo. Volvimos al ojo por ojo. Acá, con la excusa –porque esto estaba planeado– de regresar a los soldados capturados, atacaron gran parte de un país, sus casas, sus puentes, sus recursos de electricidad, sus puertos y aeropuertos. Hay una desproporción. Se ha vuelto a la época de las cavernas pero con una tecnología de última generación. Se ha vuelto para atrás. Antes, los que tenían la tecnología militar avanzada la utilizaban para persuadir al resto de un eventual ataque. Además, no es lo mismo la responsabilidad de un estado que de un grupo, que si bien actúa dentro de un estado, no lo representa. Otro elemento que vale mencionar es que a veces se mal informa y se toma como momento de inicio del conflicto la captura de los soldados israelíes o el ataque a la playa palestina en junio pasado. Para nosotros, en cambio, empieza con el asesinato de Rafik Hariri. Hasta ahí estaba el ejército sirio, que servía como retén contra el avance de las tropas israelíes. Se mata a Hariri, se obliga a la ONU a que pida el retiro de las tropas sirias del país y, entonces, el Líbano quedó desguarnecido. Israel pensó que podía pasar lo mismo que a principios de los ochenta. Pero se llevó una sorpresa, ya que en estos años Hezbolá se había estado preparando y adoptando prácticas estratégicas que los israelíes no conocían.

* Director de la Casa de la Difusión del Islam.

Después de la batalla sólo perdura el indescriptible olor a muerte

Después de la batalla sólo perdura el indescriptible olor a muerte

Domingo 20 de Agosto de 2006

Por Eduardo Febbro

Desde Tiro, Nakura y Kfar Kila

"Quien combate a los israelíes aporta la luz de la victoria", dice el cartel amarillo, escrito en árabe y firmado "Hezbolá". Las pancartas similares se suceden en cada uno de los pueblos del sur del Líbano, donde el Partido de Dios tiene sus bastiones. Las proclamas, colgadas de un lado a otro de la calle junto a las fotos de los combatientes caídos en la guerra, están hechas para tocar el corazón del orgullo o del odio. Yarine, Aita Ach-Achaab, Ed-Dhaira, Marquahine, Rimaich, Yaroune, Ramiyé, cada uno de los pueblos del sur donde hubo combates con las tropas israelíes, repite la misma escena. Los pueblos están vacíos, no hay luz, los edificios están aplastados por las bombas, al costado de los caminos hay un montón de animales muertos a falta de agua y el único signo de vida parecen ser esos carteles, insolentemente de pie en un paisaje derrumbado.

"Romperán nuestra casa pero seguimos vivos en el corazón de los hombres." "El hermoso Líbano desterró a los criminales", "Rice, no te entregaremos Medio Oriente." Sólo las palabras están vivas en un paisaje de desolación. Los únicos pueblos intactos son cristianos. Anihey, Hanine y Ain Ebel parecen paraísos intactos rodeados del infierno. Donde antes había comercios, restaurantes, estaciones de servicio y casas de piedras blancas con flores a la entrada ahora no existen más que ruinas y un manojo de gente que camina muda, hurgando los escombros en busca de un recuerdo o un cadáver.

El olor de la muerte es indescriptible. Hay que buscarlo en el rostro de los sobrevivientes que vienen a identificarlos después de que una excavadora mecánica los extrajera de un montón de hierros retorcidos. El centro de Bent Jbeil es un escenario alucinante. A lo largo de un kilómetro no se encuentra un edificio en pie. Hay algo obsceno en esas imágenes de ventanas y fachadas reventadas que muestran una mesa puesta, ropa amontonada, un cuadro aún intacto colgado en la pared, un armario con todas las prendas afuera o juguetes y ropa de niños. En la avenida principal, los familiares de los desaparecidos hacen cola ante dos camiones frigoríficos con unos cuantos cuerpos adentro. La muerte ha acercado a los hermanos enemigos. Los militantes del Hezbolá y del movimiento chiíta Amal trabajan juntos. A Abdulah Mahim no le importa decir a cuál de los dos grupos pertenece. "Son tiempos de unificación y de colaboración. Hoy hemos extraído 16 cadáveres de los escombros, ayer fueron trece. Creo que cada día será igual. Cuando más avanzamos entre las ruinas más gente muerta encontramos, en su mayoría niños y ancianos que no salieron a tiempo." El hombre se seca las lágrimas y luego comenta la incursión israelí en la planicie de la Beka, la primera violación oficial del alto el fuego que entró en vigor el lunes pasado. "Era de esperarse, los israelíes nunca respetaron las resoluciones de las Naciones Unidas y no veo por qué van a respetar ahora este acuerdo. Pero no hace falta movilizarse demasiado por eso. Tenemos una tarea más grande. Ocuparnos de los vivos."

Anhuar Charib y los otros miembros de una autoproclamada defensa civil se ocupan de recorrer los pueblos fronterizos del sur con una bomba desinfectante colgada a la espalda y una manguera en la mano. Los muchachos no tienen más de 20 años y su tarea consiste en desinfectar la entrada de los pueblos donde hay animales muertos, en este caso Yarine, una localidad pegada a la frontera con Israel y copiosamente bombardeada desde las montañas por la artillería del Estado hebreo. Charib parece a punto de explotar. "Desde que bombardearon las infraestructuras no tenemos luz, y sin luz carecemos de agua, y sin agua los animales se nos mueren de sed. Tenemos que echar productos para que no nos muramos nosotros de una infección. Sin agua y luz estamos condenados a morir o a irnos de aquí. Nadie ha venido a ayudarnos. Ni el gobierno, ni las ONG, ni el Hezbolá. Estamos solos. No nos queda más que la solidaridad entre vecinos y la resistencia." No se percibe odio en su palabras, no siquiera encono hacia Israel. Lo único que Anhuar Charib se pregunta es por qué el ejército israelí mató a las 600 cabras del campo y por qué motivo, cada vez que estalla un conflicto, los artilleros israelíes bombardean la misma mezquita con impactos en el mismo lugar, una ventana de la parte de atrás. Las huellas de los enfrentamientos son profundas, a veces salvajes, como a la entrada de Aita ech Chaab. En el centro del pueblo persiste una rotonda con las banderas, los retratos de los líderes del Hezbolá, Hassan Nasrallah, y del movimiento Amal, Nabi Berri, y un elemento decorativo. Lo demás, en los alrededores, son como bollos de papel amontonados en un basurero. Edificios de 5 países hechos añicos, muros acribillados por las balas, inmensas paredes derribadas. Los signos de la violencia testimonian la ferocidad de los combates. Los impactos cubren toda la gama del arsenal moderno. Obuses, morteros, cañonazos desde las montañas y huellas de proyectiles más chicos que cuentan los combates puerta por puerta. En medio de esa tristeza una sola casa ha quedado en pie. Está frente a la rotonda, con vista a la montaña de escombros. Sus habitantes, una familia de 9 personas, toman café y fuman el narguile sentados en las escaleras de la entrada. Son afables, calurosos hasta el absurdo. La abuela, más sonriente y hospitalaria que los demás, muestra con las manos el espectáculo que circunda la casa y dice: "Estamos todos vivos y eso ya es una gracia que Dios nos dio".

TREGUA EN ORIENTE MEDIO : LA CIUDAD SIMBOLO DE LA TRAGEDIA POR LOS BOMBARDEOS ISRAELIES

TREGUA EN ORIENTE MEDIO : LA CIUDAD SIMBOLO DE LA TRAGEDIA POR LOS BOMBARDEOS ISRAELIES

Vientos de ceniza, llanto y desolación en los funerales masivos de Qana

 

En medio de los escombros, enterraron a decenas de muertos de la guerra en Líbano.

 

María Laura Avignolo QANA. ENVIADA ESPECIAL

 

Fantasmales, con su chador negro y sentadas en lo que antes fue el living de una casa bombardeada de Qana, las mujeres eran la imagen de la tragedia libanesa. En su regazo, una, dos o cinco fotos, enmarcadas en dorado y con una rosa colorada, de sus muertos. Eran sus hijos, sus padres, sus maridos, sus hermanos o una familia entera, como los Chahlub o los Younis, enterrados por los escombros tras la masacre de Qana, como se conoce al bombardeo israelí del domingo 30 de julio, que dejó como resultado 57 muertos, niños en su mayoría.

Las tumbas abiertas esperaban los cuerpos que estaban llegando en ambulancia desde una exhumación colectiva en Tiro. Ellas permanecían lejos, sentadas en esas sillas de plástico blanco que contrastaban con el luto shiíta. Un silencio sepulcral y sólo algún gemido, cuando las vecinas llegaban para abrazarlas.

Hanani Chahlub se levantó con inmensa calma. Es una de las pocas sobrevivientes de la tragedia y vivió el bombardeo en el sótano. "Perdí a toda mi familia: mis dos hijas, mis padres, mis hermanos. Todos murieron asfixiados. Sólo me quedan tres hermanas, en Africa. Pero yo le digo a Israel: tenemos a Dios con nosotros y van a ser derrotados".

Tiene sólo 24 años y lo que le quedó es la casa de su familia de granjeros, con olivos y tabaco sin cosechar, frente a la gruta donde la Biblia sostiene que Jesús celebró La Ultima Cena. Todos murieron en el garaje donde se habían refugiado, a 20 metros de la chacra. Sólo tres sobrevivieron.

Tres semanas después de Qana, los cuerpos de sus víctimas y de otras 118 víctimas de la guerra en el Líbano comenzaron a ser extraídos de su fosa general frente al cuartel militar de Tiro. Así iniciaron una última peregrinación a sus pueblos y aldeas para ser despedidos.

Con barbijos y la ayuda de una topadora, los voluntarios de Hezbollah y la defensa civil libanesa comenzaron a sacar los precarios ataúdes, asistidos por los familiares. Cada cajón de madera aglomerada llevaba el nombre de la víctima y la fecha y el lugar donde lo encontraron. Los familiares colocaban sus fotos sobre el ataúd. Estaban tan ocupados por sobrevivir en la guerra que ni habían podido llorar. El duelo se iniciaba para las familias en ese escenario agobiante, indiscreto, entre ambulancias, cámaras, sirenas y el lejano rezo del mediodía en una mezquita, en el viernes santo musulmán. Las escenas de dolor eran tan insoportables como el olor.

El día de la muerte, al final de la guerra del Líbano. Las ambulancias trasladaban los cuerpos de familias enteras para su inhumación. Detrás de cada miliciano de Hezbollah, muerto en acción, iba un cortejo: su familia, la foto del 'mártir' en cada ventanilla y detrás, los combatientes —sin armas—, que filmaban la escena, que luego se transmitía por Al Manar, su canal de televisión.

El camino a Qana era la imagen de la destrucción. Ni una sola estación de servicio a salvo ni los edificios que las rodeaban. Otras casas aplastadas como tortas, los autos desfondados por las bombas, en un país que no tiene seguro de guerra. Un día después de su desplazamiento al sur, el ejercito libanés está omnipresente y las armas de Hezbollah, ausentes, al menos a la vista. Son los militares libaneses quienes organizaron el masivo embotellamiento de tránsito que llevó a familiares, amigos y periodistas a Qana a los funerales.

Irreconocible. La bíblica Qana es una ruina gris, aplastada por los obuses, los misiles, las bombas de oxígeno. Las casas, las villas de los que se fueron a trabajar al Golfo y volvieron millonarios y también los negocios han sido bombardeados. Los perros y los gatos famélicos fueron abandonados por sus dueños en la huida, junto a los burros y las cabras. El viento arrastra una ceniza irritante y hay tantos residuos de proyectiles que se debe tener cuidado al pisar. No demasiado lejos, el ejército, en otra explosión controlada, detona otra bomba dejada por la guerra. Son ya 10.000 en los primeros dos días del alto al fuego.

Veintiocho tumbas están abiertas a 100 metros de la casa de tres pisos donde se produjo la masacre de Qana. Cada una tiene una identificación en árabe de sus futuros ocupantes: 1 año, 4 años, 9 meses, 6 años, 10 años, 3 años, 7 años, 12 años, se lee en la primera fila. Como en el resto del Líbano, las mayoría de las víctimas fueron chicos.

En la casa de la familia Chaloub, las páginas del calendario —con la cara del líder de Hezbollah, Hassan Nasrallah— se detuvieron el 12 de julio. Justo cuando la familia se refugió en el garaje vecino, donde murieron asfixiados días después.

Todo está como cuando se fueron: la heladera completa, los dos cuartos impecables con sus camas dobles, la cocina recién renovada y las fotos de los hijos en las paredes. Haula no podrá casarse este mes, aunque su padre le había construido su extensión en la casa: también murió en la masacre junto a Ahmad, su papá, Ardaf, su mamá, y sus hermanos Alí (16),Youssel (8), Latme (4) y Rukaiya(2).

"Mi padre me dijo que eran los hombres los que tomaban las armas. En mi familia no hay más hombres: la que va a tomar el fusil soy yo", anunció Hanani Chaloub, con las fotos de sus chicas muertas en la tragedia. "Hezbollah no es terrorista. Hezbollah somos hoy todos en el Líbano porque resistimos la ocupación".

Alí tiene apenas 8 años. Está jugando entre las tumbas con sus primos. La gente lo abraza, le toca la cabeza, le regala chocolates. El sonríe. Su madre espera en la esquina que llegue el ataúd del papá de Alí, un combatiente de Hezbollah, que ella murió peleando el 27 de julio. Lleva en su mano una foto de Hassan Hussain Chaloub, vestido de comando y saludando a Hassan Nasrallah, antes de su 'martirologio'. La familia de Hussein recibe las condolencias en el patio, bajo una parra.

—Alí, ¿qué vas a hacer cuando seas grande?

—Combatiente y mártir, como mi papá.

Mahmoud es el hermano del 'mártir'. Besa a Alí, lo abraza sin que se le caiga una lágrima. "Dios lo quiso así", dice. "Nosotros morimos defendiendo nuestra tierra, la de nuestros abuelos, la de nuestros hijos. Lo vi a Hussein tres días antes de la guerra: quería combatir y ser un mártir. No es el primero en nuestra familia".

El avión de reconocimiento israelí sobrevuela Qana desde la 6 de la mañana. Un intermitente ruido sobre la cabeza, como un generador, que pasa y pasa. Los habitantes ya no se conmueven. Inmutables,entierran a todos sus muertos. El MKA fotografía desde el cielo.

Fracasos

Fracasos

 

 

Jueves, 17 de Agosto de 2006

 

Por Juan Gelman

No le ha ido muy bien a Israel en la guerra a la que un frágil cese del fuego ha puesto fin por ahora. En el plano militar, no pudo acabar con Hezbolá, como era su objetivo. En junio de 1967 derrotó a los ejércitos de Egipto, Jordania, Irak y Siria juntos en apenas seis días. Con un arsenal militar considerablemente aumentado, no pudo aniquilar a la guerrilla libanesa en un mes. Para el columnista Gideon Levy, del diario israelí Ha’aretz, ese fracaso es una buena noticia: "Si Israel hubiera ganado cómodamente las batallas, (y obtenido) una victoria completa del tipo que tanto deseaban los israelíes, se hubiera causado un enorme daño a sus políticas de seguridad" (13/8/06). Explica: "Drogados de poder, borrachos de victoria, hubiéramos sido tentados a llevar nuestro éxito a otras arenas. Un incendio peligroso hubiese amenazado a toda la región y nadie sabe cuál habría sido el resultado". La referencia a Irán y Siria es nítida.

 

En el plano diplomático, Tel Aviv tuvo que aceptar la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU por la que, ante todo, paró sus bombardeos. Si cumple la resolución, debería retirarse del territorio que alcanzó a ocupar en Líbano, canjear sus prisioneros libaneses por los soldados israelíes que capturó Hezbolá y aceptar la futura devolución del enclave israelí en las granjas de Sheeba. A la vez, no está claro si Hezbolá habrá de desarmarse: "El gobierno libanés –dice el párrafo 4 de la resolución– extiende su autoridad sobre todo el territorio del país mediante sus fuerzas armadas legítimas, de manera que no habrá otros armamentos y otras autoridades que los del Estado libanés...". La redacción es ambigua si se toma en cuenta que el ala política de Hezbolá ocupa dos ministerios en el gobierno de Beirut.

 

La resolución de la ONU no trajo felicidad a la Casa Blanca, que durante semanas resistió la presión internacional por un cese del fuego: especialistas en Medio Oriente consideraron que entraña "un considerable retroceso" de las aspiraciones del gobierno Bush, que había incluido al conflicto entre Israel y Líbano en su "guerra antiterrorista" (The Baltimore Sun, 15/8/06). El notable y muy bien informado periodista norteamericano Seymour M. Hersh recoge en un artículo las confidencias de una fuente de los servicios de inteligencia yanquis: "Le dijimos a Israel ‘estaremos detrás de ustedes todo el tiempo. Pero pensamos que deben (actuar en Líbano) más temprano que tarde, cuanto más esperen, menos tiempo tendremos para evaluar (la acción militar israelí) y planificar con vistas a Irán antes de que Bush deje su cargo’" (www.newyorker, 14/8/06). El informante añadió que el vicepresidente Dick Cheney, ante la inminencia del ataque que Israel acordó con EE.UU., opinaba que el Pentágono podía "aprender cómo proceder en Irán observando lo que los israelíes hacen en Líbano". Con razón Gideon Levy señala que el fracaso israelí "podría enseñar a los estadounidenses la importante lección de que no hay que empujar a Israel a aventuras militares".

 

La guerra contra Hezbolá tampoco rindió frutos a Tel Aviv en el plano político, empezando por su gobierno mismo: en los primeros diez días de agosto, en plena batalla, la popularidad entre sus conciudadanos del primer ministro, Ehud Olmert, bajó del 75 al 48 por ciento, y la del ministro de Defensa, Amir Peretz, del 65 al 37 por ciento, según la encuesta publicada por el diario Ha’aretz (Reuters, 11/8/06). Del otro lado pasó exactamente lo contrario: "Los feroces bombardeos de Israel han concitado el apoyo a Hezbolá de muchos más libaneses, con independencia de su pertenencia política o religiosa, manifestó el general Antoine Lahad, ex jefe de una milicia ya desaparecida que ayudó a las tropas de Israel a vigilar la zona (de Líbano) que ocupaba antes de su retirada hace seis años. El principal periódico de Beirut, An-Nahar, siempre crítico de Hezbolá –especialmente cuando atacaba con cohetes a Israel antes de que la guerra comenzara–, instó a todos los libaneses a sostener al grupo de Nasralá para lograr la victoria contra el Estado judío" (Seattle Post-Intelligencer, 13/8/06). El bombardeo israelí de barrios cristianos de Beirut contribuyó a que la adhesión a Hezbolá pasara del 50 por ciento antes de la guerra a más del 85 por ciento después (Newsweek, 14/8/06).

 

La teoría del "castigo colectivo" que Tel Aviv inflige a los palestinos y que aplicó en Líbano, es decir, atacar a civiles para que culpen de sus desdichas a Hamas y/o Hezbolá y los odien, ha tenido el efecto exactamente contrario. Hasta la Liga Arabe –integrada por Jordania, Egipto, Arabia Saudita y otros, cuyos gobiernos verían con muy buenos ojos el aniquilamiento de los dos grupos político-militares– dio un apoyo decisivo a Beirut en las negociaciones del Consejo de Seguridad. Aunque Olmert proclamó que Israel seguirá "persiguiendo a los líderes de Hezbolá en todas partes y todo el tiempo" (Ha’aretz, 15/8/06) –¿se referirá a las ejecuciones extrajudiciales que los palestinos conocen bien?–, su ministro de Defensa, Amir Peretz, ferviente partidario de la guerra, dice ahora: "Debemos mantener un diálogo con Líbano y deberíamos crear las condiciones para dialogar también con Siria" (Ha’aretz, 15/8/06). Es lo sensato. La región tiene una historia de tolerancia y convivencia pacífica entre sus minorías que ha durado siglos. ¿Por qué no restaurarla?

 

Jueves, 17 de Agosto de 2006

OPINION

La guerra no terminó

 

Por Robert Fisk *

Los están excavando todo el tiempo, al creciente número de muertos del conflicto del Líbano. El poeta estadounidense Carl Sandburg habló de los muertos en otras guerras e imaginó que él era el pasto bajo el cual serían enterrados. "Pónganlos abajo y déjenme trabajar", dijo de los muertos de Ypres y Verdun. Pero en el Líbano están levantando sistemáticamente toneladas de escombros de los techos viejos y de los edificios de departamentos y encontrando a familias debajo, abrazados unos con otros en el momento de su muerte, cuando sus hogares se caían por los ataques de la fuerza aérea. Hasta anoche, habían encontrado 61 cuerpos, lo que aumentaba el número de muertos de la guerra de 33 días a casi 1300.

 

En Srifa, al sur del río Litani, encontraron 26 cuerpos debajo de unas ruinas sobre las que yo me paré hace sólo tres días. En Aimata había ocho cuerpos más de civiles. Se descubrió un cadáver debajo de una casa de cuatro pisos al norte de Tiro y, cerca de ahí, los restos de una niña de 16 años junto a los de tres niños y un adulto desconocido. En Khiam, en el este del Líbano, asediada por los israelíes durante más de un mes, el anciano "mukhtar" del pueblo fue encontrado muerto entre las ruinas de su hogar.

 

No todos los muertos eran civiles. En Kfachouba, los conductores de un camión volquete encontraron los cuerpos de cuatro miembros de Hezbolá. En Roueiss, sin embargo, los trece cuerpos que se encontraron entre los escombros de ocho edificios de diez pisos eran civiles. Incluían siete niños y una mujer embarazada. Diez cuerpos más fueron sacados de entre los escombros en los suburbios del sur de Beirut, donde la gente del lugar decía que todavía podían oír los gritos de los vecinos atrapados debajo de los edificios de departamentos destruidos por las bombas. La organización de defensa civil libanesa –casi tan valiente como la Cruz Roja libanesa para tratar de salvar vidas bajo fuego durante la guerra– cree que por lo menos tres familias pueden estar atrapadas en los sótanos, enterrados profundamente bajo de los escombros.

 

Ignorando los peligros de proyectiles sin detonar, varios libaneses musulmanes chiítas regresaron a sus hogares destruidos para recuperar sus objetos personales –incluyendo fotos familiares y álbumes que contienen la historia de sus vidas– sólo para caer entre los huecos de los destruidos bloques de departamentos. Entre los últimos en morir minutos antes de que el cese de fuego de la ONU entrara en vigor, estaba un niño que fue encontrado en los brazos de su madre muerta en Beirut.

 

Cuantos de esos muertos podrían haber sobrevivido si el presidente George W. Bush y Tony Blair hubieran exigido un inmediato cese de fuego hace una semana no lo sabremos jamás. Pero muchos hubieran tenido la oportunidad de vivir si los gobiernos occidentales no hubieran considerado que esta guerra sucia era una "oportunidad" para crear un "nuevo" Medio Oriente humillando a Irán y Siria.

 

* Desde Beirut. De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

 

14 de Agosto de 2006

Guerras, más guerras y justificaciones

 

Por Jack Fuchs *

Agosto de 2006

No pretendo en estas líneas analizar el conflicto actual en Medio Oriente. Admito que me resulta difícil optar por la búsqueda de justificaciones a esta guerra y a otras. Pretendo simplemente, y es probable que de forma muy desordenada, plantear lo que provocan en mí los acontecimientos actuales. En los últimos sesenta años, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial –en la que perecieron 60 millones de personas–, se fueron sucediendo, sin tregua, centenares de conflictos entre naciones que generaron cerca de 100 millones de muertos alrededor de todo el planeta y 20 millones de refugiados viviendo en condiciones infrahumanas. Muchas de estas guerras no han preocupado demasiado al resto del mundo, que, en la mayor parte de las oportunidades, las vio pasar con indiferencia, a pesar de la destrucción y las crueldades que provocaron. Algunas sólo merecieron unas escasas líneas en los periódicos, y ni siquiera manifestaciones pacíficas en su contra. Basta sólo el ejemplo de los ocho años que duró la guerra entre Irán e Irak durante la década del ’80, que dejó un saldo de un millón de muertos, destrucción y las consecuencias que todo ello implica. En aquella oportunidad, no vimos manifestaciones frente a las respectivas embajadas repudiando la guerra. En este mismo sentido, podrían mencionarse decenas de conflictos.

 

Sé que me repito, que algunos temas me obsesionan. Tal vez se deba a mi propia historia, al hecho de haber sido testigo y víctima. Cada conflicto bélico, más allá de las responsabilidades que involucre, me vuelve a mi escepticismo.

 

Qué difícil nos resulta a los seres humanos aceptar que buscamos inexorablemente explicaciones y justificaciones a todos nuestros actos. Se elaboran todo tipo de teorías sobre las razones detrás de las guerras, los genocidios, la crueldad del hombre hacia el hombre. También están aquellas que profundizan sobre la manera en que se podrían haber evitado. La angustia que provoca la irracionalidad hace que muchos necesiten refugiarse detrás de ideologías y creencias (religiosas o no) que les permitan acostarse cada noche y dormir tranquilos, con la convicción (falsa) de que pueden explicar por qué suceden los hechos y encontrar culpables.

 

Antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, toda la propaganda nazi se centraba básicamente en el odio a los judíos y en cómo su desaparición ayudaría a salvar al mundo. Las expresiones "Segunda Guerra Mundial", "nazismo" y "antisemitismo" quedaron asociadas de manera directa. Sólo después se tomó consciencia de que dicha guerra no era sólo contra los judíos sino una guerra de todos contra todos. La Segunda Guerra Mundial no fue sólo Auschwitz y las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Basta mencionar las atrocidades que sucedieron en el Lejano Oriente, con la invasión de Japón a China y Corea, donde las masacres fueron terribles, entre otros hechos que marcaron este trágico período de la historia de la Humanidad.

 

Me pregunto: ¿por qué ciertas guerras y barbaries tienen más prensa que otras? ¿Por qué los muertos no son todos iguales? ¿Qué lleva a la gran mayoría de los seres humanos a pensar que una guerra es más "justa" que otra, jerarquizarlas, y por ende justificar lo injustificable? Sólo me queda pensar que nosotros somos nuestros propios enemigos. Difícilmente haya salvación, probablemente, como lo fue hasta ahora en la historia de la humanidad, sólo existirán paliativos.

 

* Escritor y pedagogo sobreviviente de Auschwitz